“En realidad, el viaje fue una búsqueda, una huida, pero sobre todo una mirada al mundo. Desde niño soñaba con dar la vuelta al planeta. Tenía un mapa mundi en mi habitación y veía películas de aventuras; me prometí que un día sería yo quien recorrería esos mares del sur.
Recuerdo que, en el bar de mis abuelos, unos marineros mostraron sus pasaportes llenos de sellos. Yo, un niño, dije que algún día el mío estaría igual, y todos rieron. Hoy tengo seis pasaportes completos: lo que era un sueño, ahora es una realidad.
El viaje comenzó en América, en 2009, durante la presidencia de Pepe Mujica, y terminó siete años después, con la muerte de Fidel Castro en Cuba. Fue un recorrido sin billete de vuelta: un viaje exterior y, sobre todo, interior.
En Brasil tuve experiencias profundas con las comunidades indígenas y la ayahuasca, que me enseñaron que no era un juego, sino una planta sabia y milenaria. Sin embargo, también viví un ‘mal viaje’: me quedé solo, en medio del río Negro, bajo sus efectos, navegando sin rumbo. Fue una experiencia límite, una travesía al infierno que se transformó en aprendizaje.
Desde entonces entendí que cada recorrido es también un viaje interno: el de encontrarse con uno mismo. Mi vuelta al mundo no fue solo una aventura geográfica, sino un proceso de superación personal.
Terminé el viaje en Cuba, pero comencé otro distinto: el viaje de la vida. Porque, después de todo, viajar no es solo moverse por el planeta, sino aprender a mirarlo —y a mirarse— de otra manera.”