Macao es las Vegas de China, el único lugar del país donde el juego está legalizado, los casinos son obras faraónicas al igual que las Vegas, y aunque Macao es una copia en menor medida a las Vegas es difícil de creer que la recaudación de los casinos de Macao supera en mucho a la recaudación de las Vegas.
En un radio de menos de 5 horas en vuelo viven 3000 millones de personas, fácil de entender por qué Macao ha desbancado a las Vegas como capital mundial del juego por volumen de negocio. La extraña cultura asiática con sus supersticiones y suerte y su voraz apetito por el juego se muestra insaciable, las restricciones, el conservadurismo y rigidez de Asia hace que esto sea más voraz y apetitoso.
Planeamos visitar Macao, una ciudad destinada al desenfreno, al juego y el consumo. Tomamos el ferry y llegamos en una hora. La tarde transcurrió tranquila para Simón que solo había perdido unos dólares. Pronto se retiró y regresó a Hong Kong. A mí me atrapó el juego.
Las ruletas no paraban de girar, las mesas de Black Jack, póker y bacarrá estaban abiertas. Solo escuchaba: ¡Hagan juego, señores! No pude resistirme. La mínima apuesta en mi mesa era de veinte dólares por cada ficha que jugaba y no me temblaba la mano porque llevaba una buena racha. En poco tiempo me había hecho con más de mil dólares de ganancia. Al lado, dos mujeres estaban jugando en cada mano doscientos o trescientos dólares y por momentos estaban tan ocupadas hablando por el móvil y bebiendo champán que ni les preocupa la cantidad que ponían en la mesa. Vestían lujosos trajes de noche, anillos, collares de oro y pendientes de diamantes, y cuando abrían la cartera cambiaban miles de dólares. Yo pasaba inadvertido. Mi juego era muy bueno y llevaba seguidas unas cuantas manos de Black Jack. Ellas jugaban sobre mis cartas y la mesa semicircular estaba caliente porque todos estábamos ganando. Ni atinaba a sumar los naipes sobre el verde tapete porque ellas me desviaban la atención. Saltaban y me abrazaban en cada turno que les hacía ganar.
Había olvidado mi vida de viajero aquella noche. La ambición del juego me superaba y aunque todo parecía ir bien, llegó la mala racha. Perdí seiscientos euros, mi presupuesto de un mes entero de viaje. Terminé deambulando, derrotado por las calles de Macao. Tomé un taxi y fui a una tienda donde compré cervezas para olvidar lo sucedido. Ya borracho, veía la figura de un joker que se reía de mí en la entrada de otro casino. Me levanté para no ver más su cara, di la vuelta a la esquina y me quedé dormido en la calle, justo en un portal que encontré limpio y cómodo. También los empleados de las tiendas de móviles y electrónica dormían apoyados sobre los mostradores, y al verlos pensé en ese momento que ellos tenían una vida más aburrida que la mía. Eso me sirvió de consuelo.
Mi mala fortuna en el casino de Macao fue la causa de mi huida de Hong Kong. Salí de allí tan rápido como pude, herido por el fuego del dragón. Tenía que buscar un lugar alejado de los grandes edificios y las luces. El río volvía a su cauce. Casi al borde del abismo, la necesidad y el espíritu me señalaron el camino.





























Conociendo aldeas en china.