Al día siguiente, me levanté esquivando un pájaro que se abalanzó sobre mí. La vida seguía; la luz había salido de nuevo. Decidimos no continuar hacia el poblado, pues, según Galán, no había nadie en él, sus habitantes eran las mismas personas que estaban instaladas en el campamento que ya habíamos conocido, y que buscaban estar cerca de sus hijos. Galán se ofreció como guía para llevarnos a otra aldea penan, ubicada en sentido contrario. Debíamos pasar de nuevo por el campamento. Al ver mi preocupación por los ocho kilómetros de distancia, Arau y Asik bajaron por la camioneta 4×4. Mientras llegaban, aprovechamos para darnos otro baño en el río. De vuelta al campamento, entré en un estado de preparación mental, al día siguiente sería la verdadera jornada, pues teníamos la intención de conocer la aldea más alejada al interior de la jungla.
Aquella noche estaba nervioso y preocupado porque Galán me dijo que sería difícil para mí la caminata. Yo pensaba que mi pierna no respondería de la mejor manera. Galán decía que atravesaríamos montañas, bosques y ríos, por lo que mis posibilidades eran casi nulas. Además, no quería ser una carga para nadie, y menos, poner en riesgo la aventura de mi compañera Sofía, que me había llevado hasta allí. Me puse muy triste porque debía renunciar a la expedición.
Mientras intentaba relajarme, la niña, que no había dejado de acompañarnos, escuchaba una melodía que salía de un viejo transistor. Su presencia, y la música, me hacía sentir bien, hasta que fui cayendo en un estado de ensoñación en el que mi alma entró en una especie de trance. Era como si el sonido de la música separara el alma de mi cuerpo, y ésta comenzara a flotar hacia los espíritus de la selva. Estaba viajando. Escuchaba las voces de los árboles y el llamado de los pájaros. El universo había confabulado a mi favor y, al fondo de todo, pude sentir el mensaje: Todo iba a salir bien, mi pierna iba a responder, no había de qué preocuparse.
















Malasia – En territorio Penan Cap. 7