Mi pie maltrecho cada vez se resentía más. La selva se hacía sentir. El calor era asfixiante. Los gigantescos árboles atajaban cualquier atisbo de luz. Medían más de cincuenta metros y sobresalían, imponentes. Abajo, diminutos hombres, nos habríamos paso entre la tupida vegetación. Escalamos una montaña y todo se puso cuesta arriba. La muleta se quedaba atrapada en el fango, no podía usarla. En las pendientes más empinadas la mochila me tiraba hacia atrás y yo no podía empujarme debido a la lesión en mi tobillo. Subí gateando como pude. Arau iba adelante y me ayudaba alzándome con su mano; Asik, desde atrás, protegía mis falsas caídas empujándome con sus brazos. La niña cerraba el grupo y trepaba la montaña con sus sandalias de playa.
La mayoría de las veces las ramas tenían espinas o astillas secas que hacían de trampa mortal al apoyarme. Las caídas resultaban muy peligrosas. Si me detenía, la pierna se enfriaba y arrancar de nuevo era peor. Necesitaba agua, y bebía de sus botellas, pues ni una triste cantimplora me había llevado a la selva. Cuando me tiraba en el suelo a descansar, mi cuerpo se llenaba de sanguijuelas, a las que veía como horribles criaturas dispuestas a devorarme. Todo en aquella selva era gigante para mí: ciempiés, abejas, escarabajos, árboles, batallones de hormigas que me subían por las piernas. Todo me amenazaba. Sin embargo, siempre, unos pasos más adelante, estaba la niña haciendo insignificante toda dificultad con su sonrisa.
Llegamos a la cima y alcanzamos otro río. Fue un oasis para mí. Me tiré de cabeza al encontrarlo, en él pasé un largo rato refrescándome, y recuperé poco a poco las fuerzas; pero la maltrecha pierna, que se había enfriado, ya no me dejaba caminar ni sostenerme por mí mismo. Tenía el pie destrozado, adolorido, inflamado y tieso como el cemento. Los dos chicos me agarraron con sus brazos, uno a cada lado. Me apoyé sobre sus hombros desconsolado, mordiéndome fuertemente los labios. Ya no podía caminar por mí mismo. La niña iba adelante marcando el camino con mi bastón, pues este ya no me era útil. Yo iba contracorriente, arrastrado, río arriba, por Arau y Asik.
Ni los rápidos, ni los troncos de madera, ni ninguna piedra eran obstáculos. Quienes me llevaban sabían por dónde pisar y a dónde dirigirse. Estaban sincronizados. Eran dos chavales con la fuerza de dos gigantes, quienes sin quejarse ni decir una palabra avanzaban por cualquier camino. Con el pecho al aire y los pies descalzos arrastraban mi pesado cuerpo. Más adelante, la niña nos esperaba cantando, sentada en una roca, jugando a rebotar piedras en el agua. Ella era la magia del bosque, la pureza, la luz. Su mirada cristalina me recordaba que, a pesar de cualquier molestia, todo estaba bien.
Durante un largo tiempo seguimos el curso del río. Arau y Asik intentaban consolarme diciéndome que estábamos cerca. Siempre señalaban al frente, pero yo solo veía selva y más selva, piedras y más piedras, y un río tempestuoso. ¿Cuánto era cerca para ellos? Resultaba difícil creer que unos jovencitos, que ni siquiera conocían su edad, fueran mi única esperanza de vida. No dudaba de ellos y estaba plenamente consciente de que sin su ayuda no podría salir vivo de la jungla. Ellos me protegieron con sus vidas, sin dudarlo, con la misma naturalidad con la que nacieron.



















Malasia – En territorio Penan Cap. 9