El segundo día, Agkoyan me cogió de la mano y me llevó a visitar la yurta del lado donde vivía el resto de la familia: la abuela, Horgonzul, con su hijo Yelter y la esposa, Aimiri, junto con sus nietos Orsay, Burkut y Agá el más pequeño, un niño de tres o cuatro años. Ese día, mientras conocía a la abuela y a los miembros de su familia, por un instante pude ver al mismo tiempo la dureza y la gratitud. Horgonzul, una vieja encorvada, acercó sus manos y me ofreció una bandeja llena de quesos secos, pastelitos y bombones. Dentro de la yurta se palpaba una sensación de paz, una atmosfera de cordialidad. Horgonzul salió de la yurta para despedir a su familia; todos ellos se fueron caminando hacia el vacío y yo me quedé abrumado, pues no podía entender a dónde iban. Cerca de Horgonzul el tiempo pasaba más rápido. La anciana agarró a Agá, fijando en él su mirada, con sus ojos dulces y cansados, y con la delicadeza que solo tiene una abuela. Al salir de la yurta levemente miré hacia atrás y allí seguían juntos, la anciana Horgonzul y el niño Agá, quieto sin decir palabra, sentado en su regazo. Nada podía ser más tierno, ni los animales, ni las montañas, ni el chillido del águila; la presencia de la abuela, su gesto, lo contenía todo.
De regreso a la otra yurta, Agkoyan y su hermano Aiguiri se acercaron a mí. Nurasyl preparaba la comida y ordenaba los quehaceres y a los niños, que la ayudaban. Mientras Alikhan, más reservado, permanecía sentado sobre una mesa, esperando la hora del almuerzo. Más allá había otra mesita donde se colocaban encima las potas, y al lado, un gran baúl de madera de color rojo, que estaba cerrado con un gran candando y pintado con llamativas figuras geométricas. En el techo colgaba un cable con una luz de bajo consumo, y justo detrás de él había un reloj de pared y un cuadro que pendía de una cuerda con una foto de sus ancestros. Alikhan cogió el retrato para enseñármelo, orgulloso, en ese gesto de querer mostrarme la importancia de la familia.
En aquel ambiente arcaico había armonía y me sentía libre de todas las tensiones de la vida moderna. El recuerdo de Ulán Bator y de las grandes ciudades había quedado atrás. El caos con el tráfico de los coches, las prisas de ir a un lado y a otro, la aglomeración urbana, el cielo sucio y contaminado, todo quedó borrado bajo el cielo limpio de una tierra vacía, con animales sueltos y personas nacidas para ser libres.
Con el paso de los días me fui familiarizando con el entorno, despertaba con los rayos de sol que asomaban por los huecos de la puerta. Agkoyan, Aiguiri y yo solíamos salir en la mañana a recoger leña para el fuego y boñiga seca para alimentar el calor de la lumbre que siempre estaba encendida. En aquella gran explanada corrían, saltaban y se entretenían jugando a las peleas. No era fácil encontrar grandes palos, solo una que otra rama seca de arboledas foliáceas. Los chicos también hacían labores de trabajo, se sentaban en un pequeño taburete de madera y ordeñaban las vacas, ovejas y yaks para luego hacer manteca y quesos.
Al lado de la yurta, afuera, a la intemperie, había un viejo sillón de coche en el que pasábamos la mayoría del tiempo. Me sentaba largas horas del día a mirar el firmamento. Hasta donde mi vista alcanzaba, todo estaba en calma, en una meseta tan grande, en el límite de los picos, solo podía imaginarme una exigua parte de la vida de los nómadas. Entre doradas cimas el tiempo permanecía inmóvil. Petrificado.



















Mongolia: De regreso a Tsengel.