A lo largo de mi viaje por el mundo mis ojos habían visto infinidad de puentes, pero ninguno como el puente de U Bein, cerca del monasterio, en Amarapura. Construido en madera sobre un lago y de una longitud que se perdía en el horizonte, la austera belleza del puente irradiaba claridad. Sentado en un banco observaba el ir y venir de la gente, la cordialidad común, era tan intensa la visión simple de todo que mi corazón aceptaba, silencioso, la unidad. Veía en el puente una expresión concentrada de la vida, en su dimensión absoluta. El ir y venir de todo y de todos me embriagaba. Yo no estaba preparado para la búsqueda de la sabiduría a la manera de los monjes, pero aquel puente estaba dándome la única respuesta necesaria. Allí, los días eran simples, profundos, y yo miraba satisfecho, en aquel lugar común, lo que antes era la búsqueda. En ese puente se expresaba, en lo más cotidiano y elemental, toda la verdad y la sabiduría.
Entre los tablones de teca la vida vibraba a cada paso. Para los birmanos pasear por el puente de U Bein es necesario, vital, pero para mí era un gozo inefable. En aquel momento, preciso, mis ojos absortos contemplaban aquella pasarela suspendida sobre el agua. Vi ese pasillo estrecho que se perdía en la bruma y sentí que si llegaba al otro lado podría lograr todo lo que me propusiera. Mi sangre bombeaba fuerte; las mujeres vendían productos, comida y frutas con sus rostros pintados con thanaka, los hombres con sus lunguis pasaban masticando nuez de areca y hoja de betel con sus dientes teñidos de rojo, y los niños jugaban chinlone. Algunos hombres permanecían quietos, en cuclillas, con el paraguas en la mano, analizando los cambios del tiempo; y otros pescaban, sentados, con su cónico sombrero y la caña de bambú, en el lago, impulsando la barca con el movimiento circular del pie, el remo encajado en la axila y la red cónica de pescar en la otra mano. La brisa, el rocío y los árboles erguidos sobre el agua.
Un monje pasó caminando, acompañado de una bella dama. Fue lo último que vi en un anaranjado crepúsculo que se inmortalizó en el reflejo del agua. Su túnica de color rojo intenso contrastaba con el jersey blanco de rayas verdes de la jovencita. Detrás de mí se alejaba transitorio y eterno el puente de los puentes. Ahora sabía que la sabiduría que buscaba la hallaría en las calles, en los ríos y playas, en las tundras, las selvas y entre las personas que me faltaban por conocer.


















Myanmar – De Mandalay a Bagam