Un día conocí a un marroquí que se hacía llamar Mohamed. Había llegado de vacaciones a Tailandia tan solo para hacer turismo sexual. Me invitó con él a conocer Pattaya, una ciudad turística, en la costa oriental del golfo de Tailandia, donde viven muchos jubilados extranjeros. Acepté la invitación y fui a conocer la ciudad unos días. Babajicarlos se quedó en la capital a la espera. Cuando llegamos Mohamed y yo nos hospedamos en el mismo hotel, en habitación contiguas. Todo lo visto en Bangkok no significaba nada comparado con lo que ocurría allí. Por las calles se vendían camisetas que decían: Los chicos buenos van al cielo, los malos van a Pattaya. De repente estaba en la ciudad del pecado.
Después de pasar por Laos era difícil entender que un país vecino, a tan solo unas horas, pudiera alcanzar las proporciones de prostitución exacerbada que estaba viendo. Rompía lo convencional: por todas partes había transgéneros, transexuales, travestis, homosexuales, prostitutas, y todo tipo de servicio sexual se ofrecía sin ninguna discreción. Una calle extensa, cerrada al tráfico por la noche, llamada Walken Street, representaba la vida nocturna en Pattaya. La ciudad no dormía. Paseaba por sus calles, llenas de luces de neón y de carteles luminosos, clubs de striptease, bares y discotecas. Detrás de vidrieras acristaladas había chicas de alquiler bailando mientras que otras, con carteles en mano, anunciaban noches de placer. Era un lugar de vidas anónimas y excusas propagandísticas donde lo legal y lo ilegal convivían. Un compendio de todas las frustraciones y anhelos habidos y por haber. Estaba ahora en el desenfreno de Tailandia. Los barrios rojos que yo conocía en Europa eran arrugados como ciruela pasa. Pattaya era el mayor prostíbulo que había visto en mi vida. Un elevado número de hombres blancos, viejos y gordos, caminaban de la mano de jóvenes y delgadas tailandesas.













Tailandia – Ko Chang