Dejé atrás Kioto y, después de tres horas de viaje, llegué a Magome. Ya me encontraba alejado de las grandes urbes, en un Japón más rural. En el tramo de ocho km que une los pueblos de Magome y Tsumago, donde el tiempo se detuvo, paseando solo, en primavera, encontré viejos molinos, con sus ruedas de madera girando el agua del arroyo; cerezos de copa amplia, con sus flores rojas y blancas; una espesa arboleda y un silencio que me daba la sensación de estar andando por un pueblo deshabitado. Esta fue mi primera impresión. Me animé a andar con la mochila en la espalda por aquellas calles en pendiente, a paso lento. Descubrí que era mucho más sencillo caminar por caminos de tierra y piedra, entre bosques de bambú, que, en la ciudad, porque de pronto me encontraba con mi propia condición de viajero; libre y lleno de sueños, como un peregrino más, por los senderos de la antigua ruta del Nakasendo, que durante el periodo Edo (1603 a 1868) conectó Kioto con Tokio. Llamado el “camino a través de las montañas”.
Una ruta comercial transitada por los daimios, soberanos feudales con rango. En aquella época, los samuráis y comerciantes que gobernaban los territorios eran leales al shogunato Tokugawa, por él tenían que abandonar su respectivo Han, o dominio, para vivir uno de cada dos años en Edo, la actual ciudad de Tokio. Esta política gubernamental que se llamó Sankin-Kotai implicaba viajes de ida y vuelta, y, por consiguiente, una merma en su economía; así se controlaba a los guerreros para evitar una rebelión contra el shogun.
Caminando por el medio de las calles me daba la sensación de que todo permanecía intacto. Me sentía como un viajero de hoy siguiendo los pasos del samurái e imaginando a los mercaderes que llegaban en busca de una posada.



















Japón – Takayama