De todos modos, aquella misma tarde, decidí acercarme a la pequeña ciudad de Takayama, fueron dos horas atravesando las montañas centrales, entre túneles, ríos y verdes valles. Me fui nada más al llegar al distrito histórico Sanmachi Suji; donde el agua corre por los canales de riego, pegados a la entrada de las casas; y tienen losetas de saltillo de piedra para poder entrar. Chispeaba la lluvia y llegaba un aire frío. A las cinco de la tarde ya estaba un poco cansado y me detuve enfrente del escaparte de una tienda, que tenía expuesto un traje de armadura samurái. Estando ahí le pregunté por alojamiento a una joven que pasaba; y ella se ofreció a acompañarme, su nombre era Aiko Kurosawa. Por el camino nos detuvimos en el templo de Hida Kokubonji y luego fuimos a cenar. Durante la cena, Aiko me contó sobre los maestros de Hida no Takumi y sobre la tradición de la carpintería. Estaba en una región boscosa, rica en madera, que aún conservaba sus casas antiguas. En el siglo VIII, era obligatorio en la provincia de Hida el pago de impuestos al shogunato, a cambio de arroz u otros productos necesarios. Takayama para ser eximida de dicho sufragio proporcionó sus afamados carpinteros a la capital como tributo, de ahí sus cualidades adquiridas y el reconocimiento que aún perdura.
Cuando llegamos al hospedaje quedé sorprendido, el lugar se trataba de un Honjin Onsen Riokan. Todo un lujo, tal como eran las antiguas hospederías de los samuráis o las clases altas. Tan solo por unos veinte euros, al cambio. Estaba muy agradecido con Aiko. Una vez piqué el timbre, una señora con vestido japonés abrió la puerta y salió a recibirme; me dijo que debía respetar ciertas normas, como no hacer mucho ruido. Me dio la bienvenida señalándome con su mano una figura de cerámica muy popular en Japón, cuyo nombre es Maneki-nedo, o gatito de la suerte. Según la tradición limpia la casa de los malos espíritus y con su patita izquierda levantada, en actitud de llamada, invita a entrar. Una vez me despedí de Aiko, registré mis datos y recibí mi bata tipo kimono de hombre, una pastilla de jabón y un par de toallas blancas. Estaba prohibido hacer fotografías dentro del rio kan y, si gustaba, había una hora de dedicación para la oración y el rezo.
Mi cuarto, que era amplio, constaba de un solo espacio en sí. En la estera o tatami que recubría el pavimento había una gruesa manta bien doblada sobre la cama, que era un futon, o colchón, japonés tradicional, y que podía recoger fácilmente si no le iba a dar uso. Una mesita baja con dos cojines y un ventilador de suelo hacía de hall, en una de las esquinas había un altar con flores camelias y violetas, puestas en una jarra de porcelana blanca. De noche una lámpara de techo, de bambú, proporcionaba luz tenue y daba armonía al hogar. Y de día, cuando desperté y abrí las puertas correderas, salí a un bello jardín donde escuché el rumor del agua que caía de una fuente, con los setos podados en forma de cono y los arbustos redondos. Ahí, en el país del sol naciente, se filtraba la luz natural, dando sensación de calidez a los hogares.
Aquel nuevo día lo dediqué a una excursión de senderismo, a orillas del río Azusa, por los valles montañosos del parque nacional Chubu-sangaku, en este tuve que abrigarme bien, pues entre sus paredes de roca se derrite la nieve. Aparte del encanto natural, pude apreciar el cuidado de los japoneses con la naturaleza, los puentes colgantes estaban en perfecto estado y por el camino podía ver cómo piedras en riesgo de deslizamiento estaban protegidas con redes alámbricas, hasta los árboles tenían barras y cinturones de protección, contra seísmos y fenómenos naturales.
















Japón – Sirakawago