Iba pasando el tiempo. Cuando oscurecía, la selva nos invitaba a la unión. Una noche, mientras la mamá tocaba un instrumento tradicional de cuerda, Luna y Celeste empezaron a perseguir las sombras que el fuego proyectaba sobre un techo de uralita, yo las seguí, como un niño más, y de repente el encuentro se convirtió en una celebración. Danzábamos pataleando, pisando y persiguiendo el espectro. Luna agitaba la cabeza de derecha a izquierda, de arriba a abajo, en círculos, dando vueltas sobre el fuego. La pequeña nos enseñó sus cualidades y trepó a un árbol, aferrándose al tronco con sus pies como garras. Cuando la música terminó, regresé a mi saco de dormir. Entonces, aparecieron más penan. Oía sus conversaciones alrededor de la hoguera, que alimentaban con resina de árbol. Permanecí embrujado por un buen tiempo. Después de un largo rato, todos desaparecieron de nuevo como fantasmas, seres mitológicos, dioses de la jungla. Cerré los ojos y caí de nuevo en la profundidad.
Aunque el esfuerzo del trayecto podía traerme malas consecuencias, decidí adelantar mi regreso. Arau, Asik, la niña y yo salimos un día antes de lo previsto. Sofía se quedaría un día más con Galán. Salimos al amanecer. Una anciana del poblado bajaba con nosotros. Ella hacía equilibrio en los troncos húmedos y musgosos de los ríos; se agarraba fácilmente con sus pies de las piedras redondas cubiertas de algas. No resbalaba ni tampoco se fatigaba. Parecía tener los dedos del pie pegados a los troncos, pues saltaba descalza de uno a otro. Cuando tenía un poco de sed bebía agua del río con las manos y seguía avanzando confiada, como si lo desconocido estuviera a su favor y la vida fuera apenas un arduo juego de niños que solo se aprende en el tiempo que corresponde a una vida.
Pero ella ya lo comprendía. Estaba más allá de toda vacilación, como la niña cuando me liberaba de la incertidumbre con su dulce mirada. Pienso ahora que eran un mismo espíritu: una niña que avanzaba con la seguridad de una anciana y una anciana que caminaba con la sagacidad y la frescura de una niña. Antes de despedirnos se desprendió de dos de sus pulseras, talladas al fuego, y las colocó en mi muñeca. La vi alejarse, sola, al ritmo de una endiablada jovencita, mientras yo me rezagaba de nuevo. Era un novato expuesto. Apenas estaba aprendiendo a vivir. Pero, bueno, aunque me resultó difícil hacer equilibrio sobre las rocas del río, todo salió bien.


















Malasia – En territorio Penan Cap. 11