Aquel espíritu que se manifestó en diferentes formas no solo fue la niña y la anciana, fue también el recuerdo de mi abuela, su amorosa mirada, el amor incondicional que me orientaba siempre por el camino adecuado. Entonces, miré mi mano, vi el amuleto de protección y sentí que era un hijo más de la selva; yo, que pertenecí a ella por un instante. No tenía miedo y bebí agua del río, y ahí encontré el regalo más hermoso: contemplar mi rostro en el espejo de las aguas y saber que los árboles florecen en respuesta al canto de los pájaros.

















Malasia – En territorio Penan Cap. 12