Sophie propuso que saliéramos en busca de algún poblado más al interior. Partimos tan pronto como pudimos. Primero debíamos atravesar una distancia de unos ocho kilómetros por la carretera de la selva antes de tomar un desvío. Resultaban enormes distancias para mí, ya que debía tener cuidado con mi pierna. Un cojo en plena selva no es el ser más afortunado.
Dos jovencitos penan y la niña con la que vivimos en el campamento nos acompañaron. Arau y Asik eran los nombres de los chicos que súbitamente se habían convertido en nuestros guías. Eran jóvenes, activos, sus cuerpos eran fibrosos como el ápice de un tallo. Había profundidad en sus miradas como en la hondura de la selva. Eran libres: oteaban, deseosos, el horizonte como si necesitaran adentrarse en la espesura para vivir. Era como si la selva encerrara un montón de secretos, visibles para ellos.
Pensé que sería mejor pasar aquel primer tramo sin forzar mi pierna. Por eso decidí pagarle al hijo de la señora de la tienda para que nos acercara en su camioneta. El camino era de tierra y en él nos cruzamos con algunos penan que iban a cazar con la cerbatana en la mano. Nos detuvimos para saludarlos. Ingenuamente alargué mi mano para tocar las flechas que guardaban en su aljaba de cuero, pero rápidamente uno de los penan tomó mi mano y frunció el ceño al tiempo que intentaba explicarme que estaban impregnadas de un látex venenoso procedente de un árbol del bosque. Aquella sustancia podía matar a un hombre. Tomó entonces la cerbatana como demostración; sopló en seco y la flecha salió disparada para clavarse en un árbol a unos quince metros de distancia. Acto seguido lo intenté yo: soplé con todas mis fuerzas, pero la flecha voló apenas dos metros. Una vez en la selva, los penan caminaban despacio vigilando las copas de los árboles, al acecho de alguna presa. Todo lo que cazaban lo dividían. Compartir es una obligación, así que no hay una palabra para “gracias”.
Llegamos al desvío. Allí se detuvo el coche y comenzamos a caminar por la selva. Al poco tiempo llegamos a una casa donde vivía un hombre llamado Galán. No todos los penan eran nómadas. Este señor, de hecho, hablaba inglés. Podíamos comunicarnos sin problema. Luego de presentarnos nos acomodamos en el suelo de su casa para descansar. A Galán se le solía ver leyendo. Era un hombre de mediana edad que llevaba siempre las gafas de lectura colgadas en su cuello. Cuando se las ponía resaltaba más su corte de peinado. Observando la sala me detuve en la pared donde colgaba un laúd tradicional llamado sape, tallado en una sola pieza de madera. Galán dejó a un lado el libro, se levantó, tomó en sus manos el instrumento y se puso a tocar para nosotros. Era una música inspirada en los sueños y rituales del trance. Estaba yo, allí, sentado en el salón, recibiendo complacido el misterio de la música y el encuentro.
Arau y Asik cogieron un arpón y una red de pescar, bajaron al río, que estaba unos metros por detrás de la casa de Galán. Sofía y yo los seguimos. Arau con el arma de pesca en la mano, se zambullía en el agua y parecía que nunca fuera a salir. Al final subió a la superficie mostrando su lanza vacía. Después Asik lanzo la red con los mismos resultados, pero, poco a poco, se fueron alejando hasta que prácticamente fueron inalcanzables para nosotros. Sofía y yo decidimos detenernos, pues no podíamos seguir el ritmo. Regresamos a la casa de Galán, que sacó vestimentas, armas de defensa y de caza, instrumentos musicales y un libro de historias penan escrito por él mismo. Galán había trabajado para numerosas cadenas de televisión que habían hecho documentales sobre su pueblo, y por esto hablaba algo de inglés. Al poco tiempo, Arau y Asik llegaron cargados de peces y prepararon una sopa de pescado para la cena.
Ese día anocheció rápido, y con igual rapidez, Arau cogió su cerbatana para salir de caza en la oscuridad. Parecía apenas una sombra silenciosa: en las noches de luna, sus ojos brillaban como la luz del día. Al rato volvió cargado de ranas y con dos especies de conejos. Y en medio de la algarabía por la caza, Galán sacó un ordenador y lo colocó en medio del comedor; todos nos sentamos de frente a la pantalla, como en el cine, y él puso un documental sobre los penan. Era la primera vez que ellos veían un documental sobre sus propias vidas; en él se hablaba la lengua penan y estaba subtitulado al inglés, así que ellos entendían los diálogos perfectamente. Al principio se reían mucho al ver la torpeza del protagonista extranjero mientras andaba por la selva, yo también me reí, pues, en el fondo, me sentía reflejado en él. Observaban su propio modo de vida, de alimentarse, de trasladarse por la jungla. Todos los ojos estaban puestos en la pantalla del ordenador. Nadie pestañaba. Yo estaba totalmente emocionado e intentaba imaginar qué podían sentir ellos.

























Malasia – En territorio Penan Cap. 5