Después visitamos otra familia. Unos palos y una lona impermeable formaban su hogar. Permanecimos sentados allí, Sofía sentada en posición de loto, yo recostado. Un anciano contaba historias mientras fumaba su pipa. Llevaba un taparrabos de plumas, sus pies y sus manos estaban adornados con muchas pulseras. Su mujer sacó una bolsa que contenía harina de sagú, la mezcló con agua y esta adquirió un color marrón gelatinoso. Hizo unas bolitas pequeñas con la pasta y las introdujo en la boca de su bebé dormido. Me sorprendió cómo podía comer boca arriba, allí tumbado. Los presentes no tardaron en soltar las primeras carcajadas ante mi asombro. Ese fue el primer indicio de comunicación entre nosotros; mis acciones eran extrañas, cómicas, para ellos, y para mí era extraño ver lo que pasaba. Sin embargo, la risa era una especie de vínculo incipiente, una posibilidad de estar más cerca. Éramos diferentes, pero todo estaba bien. La mamá sostenía en sus brazos al hijo mientras le daba cariñosos golpecitos en la cabeza. La comida pasaba por la faringe y el bebé ni se inmutaba, simplemente seguía durmiendo profundamente.
Después volvimos al campamento. Bajamos de nuevo por la colina y llegamos por suministros a la única tienda que había. Allí mismo había una escuela en la que había un programa de educación para los niños penan. Ya que eran bastante extensas las distancias por recorrer entre la escuela y los poblados; los críos vivían internados durante el calendario escolar, por aquella razón los penan tenían su campamento instalado arriba en la colina. Se habían trasladado solo para estar cerca de sus hijos. En las largas vacaciones todos regresaban a las profundidades de la selva. Cotidianamente se les podía ver merodeando alrededor del colegio, de visita en los recreos, haciendo uno que otro trabajo para ganar dinero.
De vuelta al campamento, Sofía y yo nos fuimos a dormir. La familia que nos acogió era callada, poco numerosa, tan solo un matrimonio y su hija. La niña permanecía recostada cerca de sus padres. Algo en ella me hacía sentir bien. Su presencia era como un bálsamo. Sentía que había un angelito a mi lado y que no importaban las distancias. En su mirada estaba el lenguaje común de la atenta comprensión.
En una esquina había una especie de caja de madera alargada que era mi cama. Las condiciones resultaban muy duras para nosotros. Uno que otro alacrán pequeño nos merodeaba. Sofía dormía al lado mío. Aquella mañana me contó que había soñado que tenía bichos y cucarachas debajo de los pies. Estábamos en un mundo en el que nosotros no podríamos sobrevivir solos por mucho tiempo. Éramos incapaces de unirnos con la selva; desconocíamos sus secretos y estábamos acostumbrados a vivir rodeados de cosas innecesarias que se habían vuelto indispensables.
Aunque me levantaba molido de los huesos, me sentía bien. Los penan estaban en cuclillas cerca de mí sin hablar. Podían permanecer en esa posición durante el tiempo que desearan, con las manos recogidas, acurrucados como si tuvieran frío. Vivían en un estado diferente al nuestro. De fondo uno alcanzaba a intuir un invisible vínculo que los unía con la naturaleza. Eran receptivos, atentos y sensibles, incapaces de levantar la voz. Durante el tiempo que permanecí en el campamento todo aparentaba estar bien. No obstante, el recuerdo de las barcazas cargadas de troncos y la conciencia de que esta cultura se encontraba amenazada por la ciega ambición humana; supe que toda su armonía tenía origen en un sutil equilibrio entre los penan y su entorno, y que dicho equilibro, que yo tenía la fortuna de presenciar, estaba en grave riesgo.



















Malasia – En territorio Penan Cap. 4