De nuevo en Sibu, viajé por la carretera de la costa hacia Miri. El calor y la humedad eran intensos. Lo único que veía a mi alrededor era un desierto verde, en un mustio paisaje de plantaciones de palma de aceite, millones de hectáreas devastadas por la estupidez humana. Llegando a Miri me preguntaba qué más podía encontrar.
Una vez en Miri, atravesé un caminito estrecho por el campo, bajé un pequeño repecho y salí a una amplia carretera. Caminé un rato hasta que vi un centro comercial donde encontré un internet en el segundo piso. Apunté los datos de mi nuevo alojamiento y localicé después la dirección. Y fue ahí, en el hotel, donde conocí a Sofía, una fotógrafa portuguesa que vivía en Inglaterra y que realizaría un documental sobre las tribus penan de esa región. Después de haber sentido tanta desilusión al no poder seguir avanzando por el río, el encuentro con ella me llenó de esperanza y alegría, ya que en el fondo mi deseo era el mismo: conocer a las últimas tribus nómadas de Borneo. Y encontré quién me llevara. Le dije que quería acompañarla y ella accedió. Solo tenía que seguirla.
Una avioneta nos esperaba en la lluviosa y nublada pista. A las ocho de la mañana se encendió el motor, las hélices giraron y las alas se elevaron sutilmente sobre la selva. Una vez en el aire, un gran nubarrón nos tapó por un momento; la lluvia golpeó ferozmente a la nave, que se agitaba en la turbulencia. Seguimos surcando el cielo hasta que, de repente, volvieron a aparecer los rayos del sol. Ahí pude ver la selva atravesada por el río, que ondulaba como una serpiente. Quedé boquiabierto. Era profunda, densa, silenciosa. No me cansaba de mirarla.
Luego de unos cuarenta y cinco minutos de vuelo, divisamos una pista de aterrizaje en medio de la jungla. La avioneta pasó de largo, dio un giro de 180 grados y encaró nuevamente la diminuta pista. Aún recuerdo la visión frontal de la jungla engullendo nuestra pequeña avioneta. Habíamos llegado a Long Seridan, territorio penan, un asentamiento de Kelabit en la división Miri de Sarawak, Malasia. En la misma entrada de la pista una comitiva nos recibió. Era un grupo de indígenas vestidos de militares, pero quien realmente llamó mi atención fue una anciana que permanecía sentada esperando en un banco. Llevaba los lóbulos de sus orejas dilatados casi hasta el hombro y su cuerpo estaba lleno de tatuajes. Una mujer, que trabajaba en el aeródromo, nos esperaba; ella nos llevó hasta su casa donde esperamos a un joven que nos guio hasta una pequeña colina, y una vez en la cima, seguimos por un camino que nos condujo, en poco tiempo, a un campamento temporal penan en el que vivían varias familias, establecidas en diferentes cabañas. Una de ellas nos acogió.
El primer contacto no fue fácil. No sabíamos cómo actuar. Durante un tiempo los penan permanecieron de pie frente a nosotros en posición de descanso. Algunos apoyaban la mano sobre su mentón, otros mantenían los brazos cruzados y otros en la cintura. Miraban especialmente a Sofía. Observaban, inmóviles, su cuerpo lleno de tatuajes. Parecían buscar un signo de pertenencia a algún grupo familiar, aunque esto es solo una conjetura. La verdad es que ni Sofía ni yo supimos qué pasaba por sus pensamientos.




















Malasia – En territorio Penan Cap. 3