El sol de mediodía pegaba con fuerza en las calles de Kuching, la capital del estado de Sarawak, en la isla de Borneo, Malasia. Sin embargo, al atardecer, cuando la canícula había cesado, salí a la orilla del río con la intención de embarcarme sin rumbo fijo, viajando sin GPS, como era mi costumbre.
Navegamos por el río Rajang, el más largo de Malasia, en una gran embarcación. Había una ruta convencional que seguíamos, y luego el barco salió mar adentro bordeando la región del sur de China meridional para entrar de nuevo en este estuario. Casi sin darme cuenta, transcurridas cinco horas, alcancé Sibu, la primera ciudad de camino a la selva, donde me topé con una realidad que me sobrepasaba. Pude ver, frente a frente, el devastador efecto de la ambición humana sobre la naturaleza. En el trayecto vi buques completos cargados de madera. Era una escena monótona de remolcadoras halando barcazas repletas de troncos en una procesión macabra. Estaban acabando con la selva, y todo acontecía allí, ante mis ojos, con una naturalidad escalofriante. Pero hasta ese momento, solo había visto una cara del problema.
Sibu está ubicada a la orilla del río Rajang. Es una ciudad de edificios enmohecidos. Esa noche, al llegar, dormí en uno de ellos; no diferenciaba bien si el hotel era malayo o chino. Subí las escaleras luminosas y ocupé un cuarto donde permanecí por varios días. Normalmente, cuando despertaba salía a caminar. Podía ver a lo lejos la majestuosa elevación de una pagoda y el trasiego de los barcos cerca del muelle. Un día, temprano en la mañana, llegué al embarcadero con la intención de continuar mi viaje. En los mostradores cada compañía tenía un cartel que señalaba los destinos y la aguja de un original reloj marcaba la hora de salida de cada barcaza. Los pasajeros debían escoger la hora acorde con el día y comprar su billete. Aquella mañana estaba impaciente. Subí a la alargada embarcación que me correspondía. Había tres asientos a cada lado con un pasillo en el medio y el aire acondicionado a tope refrigerando la cabina.
Mi curiosidad me llevó afuera. Caminé por el estrecho pasillo y de un salto me subí al techo de la barca. Dos pasajeros se me habían adelantado. Cogí una bolsa de carga que me sirvió de cabecera y me recosté. Íbamos muy rápido a pesar de los troncos que flotaban sueltos en el agua y que eran esquivados con maestría. Arriba, en cubierta, se podía observar la selva, que siempre estaba ahí; viva, presente. El cielo cambiaba. A veces la luz era directa, en ocasiones las nubes se juntaban como anunciando una tormenta. Todo podía volverse torrencial en un instante. El color oscuro de las aguas bajo el verde profundo de la jungla colmaba mi espíritu. Sentía una atracción que lo superaba todo. El viento pegaba en mi rostro, me recordaba que estaba vivo; mirase donde mirase solo veía selva.
Llegado a aquel punto, rendido ante lo evidente, respiré profundo y estiré las piernas. El ambiente me conducía a un estado de atenta somnolencia. Ayudaba el clima caluroso, húmedo, propenso a la lluvia. Sobre el techo esperaba la tormenta con las manos abiertas como un cuenco vacío, pero ésta no llegaba. La barca hacía paradas, aunque no hubiera embarcadero, y avanzaba ferozmente por los poblados a lo largo del río; mientras tanto, yo veía las largas casas comunales, levantadas sobre pilotes, con un único techo, que podían albergar a muchísimas familias.
Finalmente, llegué al embarcadero de Kapit, una pequeña ciudad en medio de la selva, accesible solo por agua. Desde Sibu había recorrido unos ciento treinta kilómetros hasta allí. Tenía la intención de parar unos días y luego seguir río arriba hasta Belaga, un lugar lo suficientemente lejos como para estar fuera de toda ruta, porque sentía el deseo de ir lo más lejos posible, de extinguirme en la distancia y perderme hasta que los brazos de agua se diluyeran por completo, pero en el fondo, mi verdadero anhelo era ir al encuentro de las tribus de Borneo, y aunque era consciente de mi limitación –pues el dolor de mi pierna era a veces muy intenso– me era necesario continuar, y lo hacía con valor y entereza. Por lo tanto, el gozo que sentía al pensarlo se hacía doble debido al esfuerzo que me implicaría. No sabía con certeza a dónde me dirigía. No había plan alguno trazado, solo miraba al frente sobre el río Rajang, guiado por mi instinto voraz de aventura.
En el embarcadero de Kapit había mucho ajetreo. La gente llegaba en piraguas de madera a los mercados desde sus casas comunales. La ciudad despertaba sobre las siete de la mañana, a las cinco de la tarde todos desaparecían. No había mucha gente con quien hablar, entonces decidí hacerlo con un empleado del hotel para saber cómo continuar hasta Belaga.
—Quiero llegar a Belaga, lo antes posible—le dije.
—Lo siento, eso no puede ser. El río no lo permite. Es peligroso para los botes, porque el caudal del agua está muy bajo. Tendrá que esperar uno o dos meses, quizás hasta octubre, cuando lleguen de nuevo las lluvias. La ley de la jungla impera aquí —dijo el joven.
La conversación no duró ni un minuto más. Dos días me bastaron para saber que nadie podía darme una respuesta certera. Definitivamente tenía que abandonar mi aventura por el río y volver a Sibu. De regreso me acompañaban dos gallinas envueltas en papel periódico y una frustración enorme. Fue un durísimo golpe para mí. Bueno, no todo sale como uno quiere, me dije. Y, sin embargo, fue difícil aceptarlo en aquel momento. Desilusionado, sentía que mi viaje por Borneo había sido inútil.
























Malasia – En territorio Penan Cap. 2