Pensaba en la manera en que aquella familia kazaja podía vivir en aquel estado de aislamiento. Me encontraba en el punto más alto y al extremo más occidental de Mongolia, en la frontera imaginaria entre China, Rusia y Kazajistán, bajo las cimas que se cubren de nieves perpetuas en las montañas Altai.
Cuando se fue Bolat, seguí los pasos de Alikhan hasta la entrada de su yurta, y este me mandó a pasar. Al entrar, agachando la cabeza por la pequeña puerta de madera, me encontré con su familia, que me esperaba con júbilo. Alikhan me presentó a su esposa, que rápidamente me preparó un cuenco de té con leche; una mujer robusta, llamada Nurasyl, más bien baja, de cara redonda, con marcados mofletes sonrosados, de brazos, caderas y cuerpo ancho, vestida con una camisa y un chaleco en manga corta y una falda ancha. Alikhan, de mayor estatura, más delgado, vestía un jersey de lana, boina, un abrigo que le cubría hasta los pies y unas botas de cuero. Agkoyan, una niña de unos once años rápidamente mostró su carácter risueño, tirando de la falda de la mamá a carcajada limpia, mientras su hermano Aiguiri, uno o dos años mayor que ella, hacia lo mismo. La emoción del encuentro con los nómadas superó todo cansancio que pudiera tener, fue tan natural y espontaneo que supe al instante que todo iba a salir bien. Había sido un honor para la familia que yo hubiera llegado hasta allí, interesado por su modo de vida; era la primera persona occidental que lo hacía, y ellos me recibieron con toda complacencia y satisfacción.
La base de la yurta era redonda, con una estructura de madera echa de celosías y finas estacas. Las paredes de fieltro estaban recubiertas de lana de oveja enfundada en una lona aislante, para resguardarse del frio; el suelo era natural, de barro, con alfombras en su interior; tejidos coloridos con estampados florales adornaban las paredes. En el centro, una cocina metálica y una estufa prendida para dar calor, con una chimenea por la que salía el humo a través de un hueco en el techo. Mientras observaba el espacio interior y su estructura circular, vi tres camas de hierro apoyadas con sus patas encima de unas piedras para nivelar la altura. En una de ellas dormía Nurasyl, en la otra, Alikhan, y al lado, juntos, su hijo Aiguiri y su hija Agkoyan. Yo dormiría en el suelo, sobre las alfombras. Los niños no se separaban de mí, eran muy abiertos y juguetones, aunque siempre obedientes a cualquier orden de su mamá. Finalmente, me tumbé a descansar del largo viaje y poco a poco se fue oscureciendo.





















Mongolia: El águila real.