A la mañana siguiente partimos, bajo un cielo oscurecido. Según íbamos saliendo de Tsengel mis expectativas iban en aumento, esperaba conocer el arte de la cetrería, que por siglos llevan practicando los mongoles kazajos, e imaginé en aquel momento los años gloriosos del gran imperio mongol. Tenía la impresión de estar años atrás en el tiempo. Cuando subió Bolat a la furgoneta me dio una caja entera de azúcar que traía consigo en sus manos, sabía que me gustaba echarla en la taza para endulzar la leche de yak que tanto me costaba beber. La cogí con gusto sosteniéndola entre mis piernas, pues era un detalle de alguien que me había demostrado continuamente su hospitalidad, humor y sencillez. Saliendo de Tsengel el río volvió a hacer presencia. Continuamente desembocaban arroyos en él y era bello el efecto de la luz sobre el agua que bajaba de la montaña. El reencuentro con el arroyo era un motivo de gozo, pues en general era un terreno recio como las rocas circundantes, pero seguir el curso del agua producía un leve cosquilleo, al escuchar la corriente, salpicados de montañas y llanuras. Águilas sobrevolaban; era una llamada clara y profunda, y me limitaba a creer que llegaría a verla.
La primera parada fue para estirar las piernas y beber agua. Era limpia y fresca, y aunque yo no podía bañarme en aquellas aguas gélidas y revueltas, de cerca parecían mansas. Después de un rato volvimos a parar cuando llevábamos en el furgón un par de horas de camino. Esta vez Bolat se detuvo para sacar una botella de vodka de debajo del sillón. Para él el vodka no era simplemente una bebida embriagante sino un estimulante para el ánimo. Desenroscó la rosca esférica que cubre la pequeña bombilla que da luz en la furgoneta y la utilizó como vaso para tomarse unos tragos. Luego me compartió, y una vez calentamos nuestros estómagos, a primera hora del día, continuamos adelante. No nos encontramos con nadie en toda la mañana. Todo era inmenso, vacío, un valle y otro, macizos que se sucedían, silencio. Mientras tanto no podía evitar pensar en el anhelado encuentro con los domadores de águilas reales.
Dejando atrás el río, el camino se fue abriendo y ondulando poco a poco. Subíamos y bajábamos en un vaivén sin retroceso sobre montículos de tierra visibles al horizonte e invisibles mientras los pasábamos. Pasadas las horas nos fuimos alejando de Tsengel lo suficiente como para no saber a dónde íbamos. Al levantar la cabeza vi muchos caballos libres, salvajes, galopando al viento. Prácticamente los podía tocar si abría la ventanilla. Miraba a un lado y a otro, y no había nada, ni un indicio de vida humana. Era un territorio virgen en altura, rocoso, con espacios abiertos a la distancia y de escasa vegetación. Entre trompicón y trompicón avanzábamos por un ancho valle a través de un campo baldío, trazando una combinación de líneas mixtas, rectas y curvas. La tierra tenía una vasta gama de dorados que contrastaban con el azul de verano del cielo.
De repente, en aquella soledad pareció que el viaje había llegado a su fin. Nos detuvimos en una superficie llana donde se podía observar toda la cadena montañosa que la rodeaba. Por un instante se detuvo mi respiración cuando vi ante mí dos yurtas, una pegada a la otra. Era mi nuevo hogar. Desde que vi aquella foto del águila en mi mapa, en Ulán Bator, deseaba llegar a ese lugar. En aquel punto Bolat se bajó de la furgoneta y me mandó a esperar. Entró en una de las yurtas y al rato salió con un hombre, al cual me presentó como parte de su familia. Su nombre Alikhan. Acto seguido marcó con el dedo en el lateral de su furgoneta siete trazos verticales. Con eso me indicaba los días que tardaría en regresar por mí. Se llevó dos cabras que metió adentro, en la furgoneta, amarrándolas bien por las patas, luego se despidió de nosotros. Me di cuenta de que Bolat y su familia tenían una vida seminómada, pues se movían de acuerdo con la búsqueda de ofertas, acuerdos e intercambios familiares. No eran como yo, que andaba a la deriva en búsqueda de aventuras.



















Mongolia: Con los kazajos Nómadas.