Era un día nuevo en Tsengel. Me iba adaptando poco a poco. De vez en cuando salía a pasear por el pueblo, pero enseguida regresaba: eran apenas tres calles desérticas de tierra y grava, con casas de adobe con piedra y ranchos de madera con tejados de chapa, a dos aguas, en el que no te encontrabas con gente a ciertas horas. Dando una patada a una lata, al oír el sonido agudo, me vino una lucidez; pensé que todo había sucedido muy rápido, sin saber ni siquiera a dónde iba; empecé a creer que todo viajero debía tener algo de locura, o, al menos, yo actuaba así, porque la vida siempre era más divertida cuando no sabía a dónde iba.
Los días pasaban en Tsengel, a la deriva. Afuera de la casa, jugábamos Shienser y yo baloncesto en una canasta casera. Pasaba casi todo el tiempo con él y solía acompañarlo a realizar los recados. Con tan solo doce años, y apenas alcanzando los pedales, conducía la furgoneta del padre y la moto del hermano. Un día subí atrás con él en la moto y nos alejamos terreno abierto hacia la llanura que se extendía al horizonte sobre la estepa. Debía tener mucho cuidado de no tirar a Shienser con mi contrapeso; no obstante, él maneja perfectamente en aquel lugar que conocía al dedillo y que poco a poco se iba abriendo en una extensa llanura. En el campo trabajaba su hermano mayor, Markhulam, junto a su compañero Ganbaatar. Segaban los pastos y recogían la hierba. Cuando llegamos me los presentó y una vez me dieron la mano siguieron su tarea. Entre la paja escondían una botella de vodka que bebían lentamente para amenizar el trabajo y darles vigor a sus cuerpos. De repente, Ganbaatar se acercó y sin conocerme me pidió que lo acompañara al pueblo. Yo subí en la moto con él. Shienser se quedó en el campo con su hermano, esperando nuestro regreso. Por el camino Ganbaatar hizo una parada en un espacio de culto para honrar a los espíritus. Era una tumba que estaba hecha de pilas de pequeñas piedras, unas encimas de otras. Luego, seguimos hasta el pueblo donde compramos vodka y unos pepinillos. Ya de vuelta al campo dejó su moto y se incorporó de nuevo a segar. Bebían vodka como agua mientras trabajaban. Al terminar la jornada laboral, una vez afilaron las cuchillas y recogieron el resto de las herramientas, se sentaron junto a nosotros en el prado y bebieron vodka por un rato. Entonces Markhulam, un joven treintañero, me ofreció un trago y brindé con él.
Ese mismo día cenamos todos juntos en casa de Bolat. Para mí, comer cualquier tipo de carne era una bendición; fuera de oveja, cabra, yak o caballo; seca o jugosa. Lo que no me gustaba era beber la leche de yegua fermentada, pues el sabor era agriado y amargo, repugnante para mí. Sin embargo, lo hacía. Tenía que aguantar la respiración, y lo peor era que apenas terminaba ya me estaban echando más en la taza. Tuve que pedirle a Bolat azúcar, pues al menos así podía intentar beberla. Con el tiempo aprendí que poner la mano encima de la taza significaba que no quería más, aunque no me salvé de las primeras experiencias. Tomé nota rápido del asunto y me fui acostumbrando. Siempre había aruul en la mesa, un requesón tradicional hecho a base de leche agría seca con una textura de diferentes formas. Era como comer un trozo de galleta o turrón duro como un pedrusco. Cuando me lo ofreció Bolat por primera vez, me enseñó a recibir los alimentos con la palma de la mano derecha hacia arriba sujetando el codo con la izquierda. Ese día, todos estábamos sentados alrededor de una gran mesa de madera, en un lado Bolat, Shienser, Markhulam y yo, y enfrente las dos niñas y la mama, que dio la orden a Saranguerel para que trajera una cesta de pan. Durante un rato compartimos la cena, las niñas se levantaban y ayudaban en lo que fuera, calentaban el agua del té y preparaban las tazas para servirlo. Sus padres las educaban en las tareas del hogar.
Afuera, de noche, la oscuridad era total y la temperatura comenzaba a bajar. Lo verdaderamente difícil era salir al pozo séptico en la noche. No tenía más que soportarlo. Más tarde, cuando las niñas recogieron la mesa se pusieron a hacer sus deberes en un cuaderno. Ya con más confianza saqué mi computadora y les mostré fotografías de diferentes partes del mundo. Bolat más que conocer otras culturas, quiso que le mostrara fotos de mi familia. Mostrando su interés en los parientes, en la tierra, en el linaje y la descendencia. Así lo hice, abrí la carpeta del ordenador en la que tenía mis fotos familiares y se las enseñé, su reacción fue de acepto y comprensión, pues pudo ver que yo también estaba rodeado de seres queridos.
Después de eso no aguanté las ganas de enseñarle el mapa con la foto de los cazadores con águilas. Lo extendí sobre la mesa e intenté preguntarle cómo podía encontrarlos. Él llamó a su hermana por teléfono, quien enseguida se presentó en casa. Pude ponerme al día, pues podía comunicarme con ella en un inglés deficiente. Era la misma chica con la que había hablado por teléfono anteriormente. Como me lo suponía y ella me lo confirmó, estaba viviendo con una familia kazaja, pues la mayoría de la población en la provincia de Olgy son kazajos y musulmanes. Hablamos un rato y finalmente se supo que quería conocer aquella cultura por la que había atravesado la estepa. Su hermana entendió mi mensaje y se lo tradujo a Bolat, que sin pensarlo dos veces me volvió a preguntar dónde estaba el dinero, hasta que al final, después de negociar, accedió a llevarme hasta allí en su furgoneta. A cambio solo tenía que llenarle el depósito de gasolina. Me preguntaba si tan salvaje era el lugar a donde me dirigía como para poder escuchar el aullido de los zorros y ver el águila volar. Aquella noche con Bolat y su familia pasó con total tranquilidad, como invitado en el rincón más lejano del mundo.

























Mongolia: En busca de los Nómadas.