Al día siguiente, desperté en mi nuevo hogar, con la bella incertidumbre de no saber dónde estaba. Cuando salí del comedor a la cocina, me encontré con Gulnar y sus dos hijas, que me hacían sentir como uno más de la familia. Me invitaron a desayunar. La niña mayor, Bolorma, de unos catorce años, era la encargada de hacer la comida, mientras la otra hermanita, Sarangerel, con apenas diez, preparaba los platos y servía la mesa. Estaba muy agradecido por ser su invitado. Cuando me senté, el hombretón apareció, casi que tenía que agachar la cabeza para entrar por la puerta. Cuando lo vi de nuevo volvió a infundirme respeto. Costaba verlo sonreír, pero empecé a percatarme poco a poco de su innata nobleza. Se quitó el jersey, cogió una de las sillas y se sentó a mi lado echándome su mirada enfurecida de ogro. Yo me quedé agazapado, cabizbajo, por su gesto, pero en cambio Bolorma y Sarangerel se echaron a reír.
Murmuraban con la mano en la boca, hablando entre ellas, riendo de las gracias de su papá, que al mismo tiempo me ofreció un plato de comida y un vaso lleno de agua. Fue al ver esas risas tiernas e inocentes de las niñas que me di cuenta de que no era tan árido y feroz como parecía: tan solo era un hombre bromista y de pocas palabras. Cuando le pregunté dónde estábamos, rompió el silencio. Me dijo que había llegado a Tsengel y que su nombre era Bolat.
Fue más tarde, afuera de la casa, cuando hablé por primera vez con Shienser, el mismo jovencito que había salido a recibirnos a nuestra llegada, resultó ser el hijo de Bolat. Era un chico alegre, vivaz, que siempre intentaba estar cerca de mí. Utilizando el lenguaje universal de los gestos y las señas, intentaba comunicarme con él. En ese momento estábamos junto a un transportista, al lado de su camión, y Shienser me invitó a acompañarlo a dejar una mercancía. Subimos los dos adelante, en la cabina junto al conductor; pasé aquel día sentado adentro del camión siguiendo un sendero que serpenteaba pegado al curso del río Kvod, que apareció ante mí con sus aguas rápidas haciéndome saltar del sillón.
Pasamos por un rocoso valle, por el que brotaban a la orilla del río, entre verdes praderas, pequeños arboles de tronco delgado y con las ramas balanceándose por el viento. Mientras tanto miraba a Shienser, que estaba sentado al lado mío, le preguntaba hacia dónde íbamos y él me señalaba adelante, intentando decirme que estábamos cerca. El camión iba rápido por aquel pedregal que serpenteaba a ras del agua, íbamos con los ojos bien abiertos, y solos por el camino. Después de tres horas de viaje llegamos a un trecho donde había dos yurtas montadas como caseta de trabajo. Un hombre de nacionalidad rusa parecía estar esperándonos: era el encargado de la obra. Varias personas trabajaban allí en la construcción de un puente para atravesar el río. Descargamos con una grúa los hierros que llevábamos, fue un agradable momento. Y una vez hecha la labor, regresamos a Tsengel.























Mongolia: Nuevo dia en Tsengel.