El Mekong tenía una envergadura tan descomunal que parecía comerse la tierra. La vida de las aldeas giraba en torno al río. Desde el barco veía a los poblados camuflados en la rivera, mientras los campos de arroz permanecían inundados. Luego de tres horas de navegación llegué a Chau Doc, Vietnam; en este lugar el río se bifurca en nueve brazos antes de desembocar en el mar de china. Mezclándome entre sus habitantes me encontré una nación muy auténtica, cuyas modestas casas de madera se construyen sobre el delta del río. Habitado por pequeñas comunidades musulmanas cham, este era un pequeño poblado de pescadores.
Seguí mi viaje a bordo de una furgoneta y dos horas después estaba en Can Tho, la ciudad más poblada del delta del Mekong. Mi llegada al terminal resultó violenta, pues montones de personas se abalanzaron sobre el vehículo para ofrecerme transporte y alojamiento. Todos corrían gritando y golpeando los cristales de las ventanillas. Mientras tanto, un guardia con un silbato controlaba la acuciante aglomeración. Salí de ahí para librarme del acoso, localicé varios hoteles de buena calidad y precio justo; conseguí una habitación grande a lo que serían diez euros, al cambio, y pasé la noche. La chica de la recepción vestía un traje típico vietnamita: una túnica de seda ajustada sobre los pantalones, con dibujos de flores y dragones.
Encontré muchos restaurantes callejeros con sillitas y mesas de colegio donde siempre me detenía a comer. En cualquier esquina me sentaba a disfrutar la comida autóctona, elaborada a base de mariscos y verduras, hecha en un hornillo tradicional de piedra y barro. También en los puestos ambulantes acostumbraba a comer bocadillos de pan de mortadela vietnamita.
















Mongolia: Tsengel