A medida que salíamos de la ciudad íbamos dejando atrás la carretera asfaltada, los edificios y las yurtas tradicionales de las cercanías. El primer lugar que yo ocupé en el bus aquella mañana fue en uno de los dos sillones, al lado de dos mujeres maduras, las mismas con las que había subido en el coche, vestían con ropas tradicionales, pañuelo estampado en la cabeza y falda holgada; hablaban entre ellas familiarmente, pero yo no podía entender nada. La primera impresión que tuve de las dos era que se conocían de toda la vida. Se presentaron como Gulnar y Anargul. Junto a ellas iban cuatro jóvenes adolescentes, dos mujeres y dos varones; un hombre de avanzada edad y yo. Unos enfrente de otros, sumábamos en total ocho personas sentadas. La dificultad estaba en poder moverse en aquel reducido espacio. El señor mayor lucía una boina de lana y llevaba bastón. Debido a su envergadura se movía a cada instante, y cuando lo hacía se apropiaba de todo el espacio, sus piernas eran largas y mis rodillas chocaban con las suyas. Era la persona más corpulenta de todas las que subieron. Nunca se quejaba ni decía nada, no levantaba la voz; y lo mismo sucedía con los cuatro jóvenes, todos de pocas palabras. Daba la sensación de que eran gente de la estepa. En aquel viaje nos entendimos con el lenguaje universal de los gestos.
Al principio no entendía a los dos jóvenes, pero llegué a interpretar que eran hermanos y regresaban de la ciudad de Ulán Bator porque no encontraron ninguna oportunidad laboral. Sin estudios ni preparación educativa, para el que ha vivido toda la vida como nómada, es una tarea complicada llegar a encontrar un trabajo renumerado. Allí, dentro del bus, había tiempo para pensar; me daba pena saber que miles de niños nómadas, que antes pastoreaban por las estepas el ganado de sus padres, ahora estaban mendigando en Ulán Bator. Los dos hermanos tenían el rostro cabizbajo y desilusionado; mientras que las dos chicas de vez en cuando curvaban la boca en un gesto más alegre; ellas querían preservar la tradición de la vida nómada, sin embargo, la globalización lo absorbía todo, y debido a las dificultades, como tener una buena educación o sostenerse económicamente en tan extremas condiciones de ambiente, sumado al cambio climático, deseaban estudiar para tener un mejor porvenir y aumentar el bienestar de su familia. Más callado, sin mediar palabra, estaba el anciano, que se estiraba constantemente en el sillón, con el ímpetu de todos, y parecía regresar de la capital tras haberse tratado algún tema de salud o enfermedad. Con tanto apretujamiento deseaba haberme sentado en el asiento de la derecha, junto a la escalera, donde viajaba cómodamente otra mujer con su hijo. Aquella señora sostenía en brazos a su niño que nunca se quedaba quieto. Durante un buen rato permanecí observándolos y, aunque por el momento no hubo gestos ni palabras entre nosotros, pensé que habría tiempo para conocerlos más adelante. La madre inclinó su cabeza sobre la ventana del bus para descansar y su hijo cayó dormido sobre ella
Como yo no aguantaba mucho tiempo sentado en mi asiento me levantaba y pasaba al lado del conductor, acomodándome encima de la chapa del motor delantero, mientras las otras personas permanecían tranquillas en sus sillones. Desde esa perspectiva pegado a la luna delantera del bus, una vasta estepa de horizonte cercano se dilataba ante mí, a punto de producirme dolor en los ojos, acostumbrándome al ruido de las pequeñas piedras que saltaban contra el cristal y el run run del motor. Era una tortura para el conductor que pisaba el acelerador a fondo sin detenerse para nada, con la vista cansada de mirar solo cinco metros al frente, así, cientos y cientos de kilómetros. Sin consuelo para mí, con aquel calor que desprendía el motor y hacía que a cada poco me levantara, como si tuviera un forúnculo en el ano. Era como la sala de estar de una casa donde pasábamos el día reunidos, sentados todos en aquellos sofás, pegados unos con los otros. El pasillo era lo único libre, solo hasta la mitad, pues en la parte de atrás del vehículo estaba toda la mercancía arrinconada. Lleno de cajas y bolsas que llegaban hasta el techo. Más suerte tenía la mujer que viajaba con su hijo, que parecía vivir en una habitación aparte, sola para ella, donde se escuchaba menos la voz de todos y se podía tener más descanso. Mi primer intento de comunicación en el viaje fue con Tomorbaatar, el conductor. Cuando viajaba al lado de él, encima del motor, lo vi muy feliz, y me lo transmitió diciéndome con señas que había sido papá. No le pesaban las horas al volante. Mientras tanto, abajo en un espacio libre del camarote de equipaje, en el chasis pegado a las ruedas, descansaba su amigo y segundo piloto Batbayar. Transcurridas las horas, la chapa del motor, donde me sentaba, desprendía un calor asfixiante, así que tuve que volver al asiento y me di cuenta, poco a poco, de que el trayecto restante se podía convertir en un infierno, con el sol que empezaba en la tarde a calentar, más el ambiente adentro. El primer día ya sentía la dureza del viaje. Además, no había comprado comida ni agua ni nada para llevar. De ahí que fuera un alivio para mí ver al coche detenerse en un bar, para comer, en medio de la nada. Conmigo se sentaron los cuatro adolescentes y el hombre anciano que apenas habían abierto la boca en todo el viaje. No había mucha comunicación entre nosotros, sin embargo, nos acompañábamos. En nuestra mesa todos parecían inexpresivos, pero más allá, en la otra mesa, escuchaba reír y hablar en voz alta a Gulnar, Anargul, Tomorbaatar y Batbayar.
Después de coger fuerzas, todos regresamos al bus. Arrancamos de nuevo un poco más sosegados tras el descanso, con el estómago lleno. Al cabo de un rato, nos encontramos con ríos crecidos y turbulentos arroyos que pasaban sobre el camino, y aunque no llovía el día comenzaba a volverse un poco gris. Al comienzo lo tomé con calma, pero me di cuenta de que era un tramo peligroso cuando vi un coche atrapado por el agua, al que le faltó poco para ser arrastrado por la corriente. Tuvimos que detenernos. La familia atrapada en el coche pidió ayuda a un camión que pasaba; amarraron unos cables a la parte frontal y consiguieron sacarlo. Al abrir las puertas del coche salió toda el agua a presión. Afortunadamente no pasó nada. Acto seguido intentamos pasar nosotros y lo hicimos sin ningún problema. Pero ese no era el único inconveniente que pasamos, pues cada vez era más difícil avanzar. Muchos obstáculos nos esperaban, era un camino destapado y peligroso con ríos desbordados y tramos enfangados difíciles de atravesar. Ya comenzando a oscurecer, la cabina reflejaba una luz roja que se mantenía encendida mientras sonaba una música estridente. Éste era el método que usaban los conductores para mantenerse despiertos. Fue ya en la oscuridad cuando nos encontramos un camino intransitable y nos detuvimos a la orilla de un río. Pasamos la noche enfrente de un pequeño poblado de yurtas, que era el primer asentamiento que vimos en cientos de kilómetros. Era el momento de descansar, aunque dormir en aquel autobús fue una tortura. Nos acomodamos unos sobre los otros como pudimos, arrinconados, intentando estirar mínimamente las piernas. No pude soportar la presión de mis rodillas que llevaban hora aprisionadas y me fui hacia las escaleras del autobús, que estaban encharcadas de agua tras haber cruzado el rio, e intenté dormir allí, sentado encima de una batería con la cabeza apoyada en la puerta. Al menos podía levantarme si quería desentumecer mis músculos. Desesperado, empujé la puerta y esta se abrió. Cogí el saco de dormir, el polar y salí con la intención de hacer vivac. Sin embargo, todo estaba embarrado y el cielo oscuro; cuando prácticamente había perdido toda esperanza vi aparcado un tractor. Entonces me acerqué, abrí la puerta, que por suerte estaba sin seguro, y me metí en la cabina donde resguardado del frío pasé la noche.



















Mongolia: Viajando por la estepa- Dia3