Amanecer en un lugar tan lejano y con el cuerpo mallado era como haber recibido una paliza el día anterior y no poder volver a casa para echarte en la cama a descansar. Son esos momentos en los que uno piensa en tirar la toalla, cuando uno se levanta con los ojos cansados, dolor de cabeza, y la espalda y los hombros tan pesados como el plomo. Sin embargo, en ese momento pensé en que era peor cuando me levantaba a trabajar doce horas diarias, todos los días de un mes, sin un solo día de descanso. Vi llegar al hombre anciano, que salía de una de las yurtas, y una vez se subió al bus, cogió algo de su equipaje y al instante se bajó de nuevo. Yo lo seguí hasta alcanzarlo, por la estepa, a unos pocos metros de los Gers; hasta que llegamos a un bar, en el que también estaban Tomorbaatar y Batbayar, los dos conductores, charlando y tomando vodka alrededor de una mesa. Al lado había camas para dormir. Era como una fonda. Aprendí que no debía separarme de los locales cuando llegara la noche, pues ellos, no yo, conocían el terreno que pisaban. Pero ya no había cómo descansar, pues pronto arrancaríamos. Por lo menos había aprendido la lección. Aquellos rudos hombres no se quejaban de nada, solo cumplían su trabajo y lo hacían brindando sin miramientos. Una vez nos sentamos en la mesa, Tomorbaatar y Batbayar compartieron lo que tenían con nosotros, chorizo, quesos y vodka. Entonces compré otra botella para compartir con todos y hasta el viejo se apuntó al trago. Fue la primera vez que habló, e intentó expresar la profesionalidad de nuestros conductores y su valentía al atravesar la estepa; Tomorbaatar lo escuchaba mientras echaba licor en su vaso, que este bebía como si fuera agua. Batbayar señaló el reloj indicando que ya era la hora de partir. Compartir aquel momento fue una manera de ir acercándonos un poco más entre nosotros para poder llevar mejor tan pesado viaje. Fue un despertar alegre, desayunando con vodka. Partimos de allí sin ningún inconveniente.
A las once de la mañana, ya pasadas unas horas desde la partida, íbamos más rápido que de costumbre. Era Batbayar el que conducía, pegado al volante como si fuera un piloto de rally; empezaba a hacerme creer que llegaríamos antes de lo previsto. Sentado a su lado, en la chapa del motor, lo veía beber de la botella de vodka, que más que producirle somnolencia lo animaba a hablar conmigo. Las piedras del camino saltaban con más contundencia y se escuchaba el sonido contra el cristal que estaba lleno de partículas rotas y protegido por una reja. Pasaba las horas de un lado al otro dentro del bus y me asombraba cuando miraba a la mujer con su hijito, porque no se habían movido durante todo el viaje, y no me acercaba mucho para que el niño no callera en llanto al verme. Ya en la tarde estaba sentado en uno de los sofás, y realmente me sentía agotado. El codo de uno pegaba contra el del otro, lo mismo con las piernas y las rodillas, no se podía dormir ni prestar atención al paisaje. El respaldo del asiento era tan incómodo que llegó a provocarme una herida desde la zona lumbar hasta la columna. Deseaba llegar pronto a Olgy, pero todavía no sabía cuánto faltaba. Sin embargo, sacaba fuerzas de donde no las tenía y procuraba mantener vivo el asombro. Afuera, la estepa se extendía hacia un horizonte sin fin, imantada por un brillo que atravesaba los cristales. El cielo era de un azul intenso, y adentro, en el bus, a pesar de estar en medio de la nada y de la incomodidad, había un ambiente constante y acogedor de fraternidad, juego y camaradería. Las horas pasaban y la tarde empezó a caer, mientras, todos parecían pasárselo en grande jugando a las cartas.
En aquella parte del trayecto los dos jóvenes mandaron a detener el bus y se bajaron en medio de la nada. No había indicio de poblado alguno. Kilómetros adelante, ya en el oeste del país, atravesando la provincia de Khovd, un inmenso lago estepario apareció en medio del vacío. Fue como encontrarme con un gigante en tregua, cuyo aliento era un vasto soplo de agua que contrastaba con la estepa solitaria. De repente, a pesar del bullicio, sentí el silencio. El cielo se reflejaba claro sobre la mansa superficie, y fue allí, donde finalmente, gracias tal vez a la serena presencia de la laguna, que me sentí un poco mejor. El sol caía sobre el agua con la cálida luz del atardecer y el pasto mostraba sus flores silvestres entre la hierba alta, amapolas color purpura y blancas margaritas. En este punto nos detuvimos, y mientras la noche fue entrando, la sombra de las nubes nos cubrió en una estepa avena y verde. Fue a la orilla del lago, dentro del bus, bajo un manto de oscuridad y silencio que dormimos, giré la mirada hacia mis compañeros y confirmé la resistencia de aquella gente tan dura de la estepa, que permanecían igual de tranquilos al momento de la partida, como si aquel viaje lo hicieran regularmente, una vez al mes, quizá. Aquella noche caí rendido en medio del sofá, invulnerable, como los mongoles, al hormigueo prolongado en las piernas, con el cuerpo estático y mi cabeza apoyada sobre el hombro de Gurnaal.

















Mongolia: Viajando por la estepa-Dia 4