Desde el avión que había despegado de Seúl, a vista de pájaro, ya en territorio mongol, sobrevolaba una estepa interminable y vacía. Parecía despoblada. Sin embargo, sentía un deseo irresistible de aventurarme en aquel territorio. Recuerdo el aire fresco que sentí al bajar del avión, las montañas al pie del valle y los Gers, apareciendo pegados, unos juntos a otros, según se bajaba el tren de aterrizaje. Todo era un anuncio de lo que me esperaba. Yo, que estaba a la expectativa como un niño, ni siquiera sabía a cuantos kilómetros estaba el aeropuerto de Ulán Bator, capital de Mongolia. Lo único que planifiqué fue llegar en temporada de verano para no sufrir el duro invierno, pero de resto no tenía idea de prácticamente nada, salvo que tenía apuntado en un papel la dirección de una Ghesthouse, localizada cerca de la plaza central Sukhabbaatar. Salí de la terminal aérea e intenté localizar transporte para la ciudad. Afuera encontré una parada de bus, al cabo de un rato llegó uno, en el que un hombre al abrir la puerta anunciaba a gritos el nombre de las paradas en el camino. En el trayecto, miraba, curioso, las calles de tierra y grava, los barrios de yurtas y las casas de madera, según me iba acercando al centro de la ciudad. Parecía que estuviera toda en obra, descuidado, a medias. Había parques deteriorados, tramos cortados, alcantarillas levantadas y socavones profundos por obras, cañerías rotas junto a las nuevas que serían instaladas. Un aire apelmazado, bajo un cielo gris de polución, envolvía la urbe. Mientras iban apareciendo bloques de apartamentos viejos, el tráfico y edificios acristalados, en contraste con el bello semblante de las colinas. Me sentía un poco insatisfecho viendo una ciudad tan contaminada con el humo del carbón, de las estufas que calentaban las yurtas urbanas y de las chimeneas de las fábricas industriales. No obstante, quería adentrarme en ella, pues la sensación que tenía era de que, en medio de todo esto, podía acariciar un poco más al país más despoblado del mundo. La curiosidad me empujaba.
Dentro del bus una niña de unos doce años se acercó a mi asiento hablándome en inglés. Me preguntó si necesitaba ayuda, así que saqué el mapa que me habían dado en el puesto de información del aeropuerto y le señalé con el dedo la plaza central Sukhabbaatar. En una parada cercana a su escuela se bajó conmigo y me llevó a transbordar otro autobús. Me dio unas breves indicaciones para saber dónde bajarme y se despidió. Tal como ella me dijo, tres paradas más adelante, a lo lejos donde se divisaba un gran edificio azul acristalado, con forma de vela, me bajé y comencé a buscar la dirección de mi alojamiento. Lo encontré en una plazoleta de varios edificios, con bloques de hormigón de cuatro a cinco pisos de altura, fue difícil localizarlo por la mala y escasa orientación de las calles, pero finalmente di con él. Cuando llegué, encontré todas las literas ocupadas, entonces la encargada me sugirió otro alojamiento anexo, cuyo único inconveniente era que debía dormir sobre un colchón en el suelo. Acepté la nueva propuesta y salimos hacia el otro edificio. Para entrar había que teclear una contraseña al costado de un enorme portón metálico de seguridad. Dos-siete-cuatro era la clave. Tras teclearla el portón se abrió y una luz se prendió automáticamente. Subimos las escaleras hasta el quinto piso, el último de todos, abrimos la puerta de metal y entramos al apartamento que encontré totalmente vacío, sin inquilinos. Lo primero que me llamó la atención fue una habitación que estaba precintada en cruz con una cinta amarilla, como si hubiera sido el lugar de un homicidio. Aquello, al principio, me asustó un poco, acelerando mi ritmo cardiaco, pues pensé que allí habían matado a alguien. En la cocina y el baño todo estaba lleno de suciedad y grasa, y manchados los viejos azulejos blancos. Había una mesa con patas de hierro, un viejo fogón de carbón vegetal y leña, agua caliente en la bañera, además de unos cuantos colchones amontonados por el pasillo. Nada más, aunque con eso fue suficiente para quedarme. La señora me dio una copia de las llaves y se fue. Entonces cogí el colchón más limpio de todos y lo coloqué en el suelo del comedor. Tenía todo el espacio para mí en aquel apartamento, que parecía llevar años desocupado y, aunque las condiciones del lugar eran muy precarias y producían un vacío adentro, agradecí un techo para mí solo donde no escuchaba a nadie ni ruido alguno. Pasados cinco minutos quité de mi imaginación que en aquel lugar se produjera un crimen, pensé en que era algo natural el encintar la habitación debido a la realización de alguna obra.
Sin embargo, antes de aventurarme a recorrer Mongolia quería tramitar la visa a China, pues era el país que pensaba visitar después. Conseguir los visados siempre era lo más engorroso y cuanto antes agilizara los tramites sería mejor para mí. Fue un lunes cuando me dirigí a la embajada China en Ulan-Bator, que estaba cerca de donde vivía, así que lo hice andando, y cuando llegué el oficial de turno que me atendió en la ventanilla, y que era un hombre antipático, más seco que las espigas de trigo, me dijo que necesitaba una carta de invitación de un ciudadano chino para poder solicitar aquella visa, así que contacté con mi amigo Yang, el empresario de Hangzhou que había conocido en Uruguay, y le pedí la carta, escrita en su idioma. Yang me envió la carta de inmediato por email, por lo que ese mismo día pude terminar el trámite de mi visa a China, que estaría lista en siete días. Tuve que pasar una semana en Ulán-Bator, mientras esperaba en visado, algo que no tenía pensado, dado el corto tiempo de permiso que tenía en Mongolia.
Mientras los días pasaban solía moverme por la Avenida de la paz, que se extiende por todo el centro y pasa por el lado sur de la plaza central Sukhabbaatar, era evidente que la mayoría de la población de Mongolia vive en Ulán Bator. Veía los coches que circulaban, las abundantes tiendas de licor y los edificios con arquitectura soviética, que se disponían uno a continuación de otro, todos en hilera y a la misma altura, con sus lados paralelos e iguales de dos a dos; viejos y ásperos, con paredes de cemento y exiguas ventanas, daban una sensación de orfandad. En mis paseos me encontraba con una oficina de información turística que me servía de orientación. Una tarde, en el medio de la plaza central, me encontré con un grupo de estudiantes, bebiendo latas de cerveza, que estaban sentados sobre unas cadenas que rodeaban la estatua ecuestre de Damdin Sukhabbaatar, héroe de la revolución mongola de 1921. Cerca de los veinte grados de temperatura, aquel día de verano, vestían pantalones vaqueros los chavales y, minifaldas las mujeres, llevaban modernos peinados y se hacían selfis con sus móviles. Cuando los vi alegres y después de conversar, me di cuenta de qué poca diferencia había entre aquellos chicos y cualquier otro joven estudiante de occidente, practicaban conmigo el inglés, y terminaron diciéndome que había muchas discotecas en la ciudad donde podía divertirme e ir de fiesta, lo mismo si quería bailar salsa, música pop o tecnohouse. Había bastantes personas dispersas por la plaza, que, debido a su gran dimensión, apenas parecían un punto en la distancia. Al frente, en lo alto de la escalera del palacio del gobierno, presidía, sentado en su trono, el monumento del gran Kham; el conquistador mongol que unificó las tribus y formó un imperio. También, a los lados de este edifico, Ogedei Khan y Kublai Kan. Sobria y poderosa era la plaza, entre el recuerdo de su glorioso pasado y su presente, rodeada por un distrito financiero moderno, con altos edificios acristalados.
Fue entonces, en aquel momento en que recordé a Elena, la mujer que había conocido tramitando la visa en la embajada de Seúl, que me había dicho que estaba volando a Mongolia con su marido por trabajo. Decidí llamarla porque tenía en mente dejar la ciudad. Fue un turista coreano que no dejaba de grabar con su móvil la estatua de Gengis Kham quién me dejó hacer la llamada, la contacté y quedamos en encontrarnos ese mismo día, en un café. Yo había llegado antes a la cafetería. Hacía buen tiempo, una gran cristalera dejaba entrar los rayos de sol, al momento, Elena entró con una sonrisa y se sentó conmigo en la mesa. Pedimos dos cafés con leche y comenzamos a conversar. Elena me contó que se había trasladado a vivir a la ciudad, porque su esposo, piloto, había firmado un contrato laboral de un año con una aerolínea mongola. Me advirtió de que tuviera cuidado en Ulán Bator, debido a graves problemas en la población, como el homicidio y los hurtos, resultado de los altos índices de alcoholismo. Pensaba que echaría de menos la vida en Seúl, las compras y los paseos a medianoche, la seguridad de la ciudad. Para ella, Seúl era una ciudad del futuro. También refirió su preocupación por las bajas temperaturas del invierno, que podían alcanzar los cuarenta grados bajo cero. “No quiero ni pensarlo”, me dijo. Reímos cambiando impresiones sobre lo que era Seúl y lo que veíamos en Ulán Bator. También hablamos sobre los niños ratas, niños provenientes de las estepas que vivían en la indigencia y el alcoholismo bajo el subsuelo de las alcantarillas, que sirven de refugio para sobrellevar el intenso frio del invierno en contraste con el intenso calor de las tuberías.
Aquella tarde, de regreso a casa cuando dejé a Elena, me senté en la terraza de un bar al aire libre, enfrente de un gran centro comercial, a tomar una cerveza, enseguida se hizo de noche, cuando de pronto se me acercó un hombre muy borracho que se cayó al suelo delante de mí, y al levantarse, enloquecido, empezó a dar golpes a mi mesa enfrentándome y exigiendo el pago de una consumición; detrás de mí, dos niños de la calle, con harapos sucios, un saco en las manos para desperdicios y los ojos brillantes como bombillas de esnifar pegamento, se me acercaron en el intento de robarme la cartera. Al final, me levanté de la mesa y me fui esquivando, por segunda vez, al borracho, como si no hubiera pasado nada, y regresé con mis pasos a mi apartamento. Cuando entré por la puerta y volví a mirar la habitación que seguía encintada, lo primero que me pasó por la cabeza fue que allí ciertamente se podía haber cometido un crimen. La vida estaba matizada por esos contrastes, por un lado, las clases privilegiadas con poder adquisitivo, por el otro, ciento de miles de familias desabrigadas que malvivían en los suburbios de Gers, sufriendo por necesidades básicas.























Mongolia: Preparando el viaje.