Sentía que mi tiempo en Ulán Bator estaba por terminar. Quería salir tan pronto como me fuera posible de la urbe, adentrarme en las estepas y conocer a las tribus nómadas de Mongolia. Algo de ellas o de su fondo podía percibirse en la ciudad cuando me encontraba en medio de la plaza Sukhabbaatar a grupos de hombres y mujeres vestidos con el abrigo mongol tradicional, de llamativos colores, que les cubrían hasta los pies; con el típico gorro y el cinturón de seda. Aunque nada tenía que ver la vida sedentaria con la vida trashumante, algo en la atmósfera me indicaba que debía continuar mi camino si quería conocer a fondo eso que presentía.
Los días corrían en mi contra y aún no tenía un plan de viaje trazado, ni quería gastar energías haciendo pequeñas excursiones a campamentos de yurtas cercanos. Algo dentro de mí me obligaba a esperar, aunque no sabía lo que era. Desde mi apartamento ojeaba y repasaba una y otra vez el mapa de Mongolia, pero no tenía ideas claras sobre la ruta por seguir. Pensaba en ir hacia el norte a visitar el lago Hovsgoln, o también al sur, hacia el legendario desierto de Gobi. Otra opción era viajar en tours organizados, la forma más cómoda y común de moverse por Mongolia, donde las distancias son enormes. Pero esta última opción no se acoplaba a mi deseo. Realmente prefería andar libre y solitario. El punto es que todavía no tenía nada claro, y ahí seguía yo, después de un buen rato, con el mapa en el suelo del comedor rascándome la oreja y la barbilla sin saber a dónde ir. La estepa estaba allí, esperándome. No podía pasar un día más esperando qué hacer, pero no sabía por dónde empezar. Por fortuna, al día siguiente, nada más al levantarme encontré la respuesta. Detrás del mapa que tanto había mirado observé, identificados en fotografías, algunos grupos étnicos que representaban la cultura del país. Una de aquellas estampas me llamó la atención. Era un hombre sentado en un caballo, con un águila en la mano, que vestía con abrigo y un gorro de piel de zorro. En el mapa se indicaba que esa etnia, cuyo origen es kazajo, se encontraba en la provincia de Bayan Olgy, al otro extremo del país. De repente un flujo de energía reactivó mi lívido de aventura. Quería alcanzar aquellas tierras. Así que, ya con un destino en mente, decidí entrar a preguntar en la oficina de información turística por las posibles rutas hacia la provincia de Bayan Olgy, tierra de los kazajos-mongoles. Me confirmaron que la mejor forma de llegar era en avión, ya que apenas tres horas de vuelo eran necesarias para salvar aquella distancia. Sin embargo, mi intención era hacer el viaje por tierra, de manera que insistí hasta que me dijeron que un autobús cruzaba toda la estepa hacia el oeste, desde Ulán Bator a Olgy. Según las empleadas del puesto de información era una idea descabellada, pues me dirigía a la provincia más aislada e inaccesible por tierra desde la capital. Más de 1500 kilómetros de distancia por recorrer a través de las estepas de Mongolia, que en sí era una motivación para mí, por el afán de aventura que suponía emprender un viaje de tal envergadura.
Quise ir a comprar el boleto antes, pues sabía que el viaje sería duro y quería escoger un buen asiento. Aquella mañana salí a la calle en busca de un taxi oficial, pero terminé subiéndome a un viejo Toyota junto con una familia que permanecía esperando en el bordillo de la acera llena de maletas y bártulos, con dos niños poseídos por la emoción que no paraban de gritar a los coches que pasaban. Con el brazo levantado verticalmente, tieso como un guardia de tráfico, actuaba el hombre, y lo movía opuestamente, en horizontal, arriba y abajo, la mujer, como si estuviera apagando un fuego con la mano. Al parecer era eso, un taxi sin licencia e íbamos todos al mismo lugar.
Debía buscar una terminal de bus cuya ubicación hasta hoy desconozco, al llegar le pagué al conductor en tugrik una cantidad aproximada a dos euros, al cambio, y me encontré en una gran explanada de tierra con multitud de Land cruisers, furgonetas soviéticas y autobuses de todos los modelos; rodeado de personas y con carteles publicitarios en varios idiomas, como ruso, mongol o inglés. Al entrar en una de las oficinas, esperé la cola y cuando llegó mi turno le indiqué mi destino a la empleada, que sin entender mi idioma me puso una hoja plastificada contra el cristal, señalándome los asientos del bus que estaban dibujados en un papel. Decidí hacerme adelante, a la derecha del conductor, pues pensé que sería la mejor opción para ver la estepa en primer plano y estirar los pies.
Con el boleto comprado y con fecha de salida para las ocho de la mañana del día siguiente, regresé a mi apartamento. Salí a comer y fui a avisar a la dueña para que viniera cuanto antes a cerrar las cuentas. La tarde la dediqué a descansar y preparar la mochila, a las nueve de la noche sonó el micro del portal y subió la señora para la entrega de las llaves, acto seguido me eché a dormir pues el bus partía en unas horas.
Cuando amaneció, cerré la puerta, bajé las escaleras del portal, salí a la calle, me subí en un taxi nuevo de color amarillo, con taxímetro, y a las siete de la mañana ya estaba de nuevo en la terminal de transporte; sin embargo, encontrar mi autobús se convirtió en una odisea. Nadie me entendía por más que preguntaba, pensé que perdería el dinero del importe de mi boleto, puesto que no lograría salir de allí aquel día. Después de dar muchas vueltas buscándolo, supe que el número de autobús de mi ticket coincidía con la matrícula del bus que partía. Mas no encontré nada. Desesperado, ya dando por hecho que había perdido mi viaje, pregunté por el autobús a dos mujeres que estaban apoyadas en un coche, y alrededor más personas esperando. Sacaron su billete de la cartera y me lo enseñaron: la hora, el precio y el número de ticket coincidían con el mío.
Me quedé como tonto, indeciso, viendo cómo cargaban la mercancía en el maletero. Una vez terminaron, me invitaron a subir. Yo no sabía cómo actuar, pero finalmente decidí subirme al vehículo. No entraba en mi cabeza que aquel trayecto de tres días atravesando la estepa lo fuéramos a hacer todos juntos en aquel pequeño vehículo. Estaba confuso, pero me dejé llevar. ¿Qué más podía hacer? Ellas me lo habían dicho y yo lo había confirmado en sus boletos, que nuestro autobús era el mismo. Solo me quedaba confiar. Era muy extraño.
Al salir de la estación, un par de kilómetros más adelante, llegamos a una pequeña explanada donde dos autobuses estaban siendo reparados. El coche se detuvo, bajaron los bártulos y los transportaron a uno de los buses. Pregunté si aquel transporte llegaba a Bayan Olgy y me dijeron que sí. Entonces, tomé un respiro. Todo estaba bien. Pero el bus en realidad no era un transporte de pasajeros, ni la matricula coincidía con el billete, ni tenía asientos como me habían señalado en la ventanilla de la compañía. No había visto nada parecido.
Era en realidad un vehículo de carga que tenía un asiento en la parte derecha de adelante, junto a la escalera, y justo detrás de la cabina del conductor, dos viejos sofás que estaban prácticamente pegados uno enfrente del otro, con, aproximadamente, un ancho de 140, altura de 70 y un fondo de 60 centímetros. La espuma se dejaba ver por pedazos, era un viejo sofá de cuero. ¡Y pensar que iba a atravesar Mongolia en semejante trasto! El motor no arrancaba, ya tenía problemas mecánicos antes de partir. Además, cerca de diez personas íbamos a viajar apretadas en aquellos tres asientos. Ya poco a poco me iba haciendo a la idea de que me enfrentaría al viaje por tierra más duro de mi vida. Después de tres horas arreglando la maquina y una vez estaba toda la mercancía arriba, ocupando el techo, arrancamos sobre el mediodía, con cuatro horas de retraso. Tres días de viaje nos separaban hasta Bayan Olgy.































Mongolia: Viajando por la estepa-Dia 2