Hanoi
Atravesar uno de los cruces principales de la ciudad de Hanói era una odisea. Lo intenté, antes de avanzar me santigüé, pues tenía que caminar sin detenerme, ni mirar atrás. Miles de motos circulaban esquivándome. Si me paraba en medio de la carretera podía crear confusión y me atropellarían. Debía pasar confiado, movía las manos con miedo haciendo señales para que aminorasen la velocidad y pensaba que nunca llegaría vivo a la otra esquina. Debí tener valor para atravesar aquel cruce, pero significó toda una experiencia. Los vietnamitas pasaban la mayoría del día encima de su moto. Cubrían sus narices y boca con mascarillas para protegerse de la polución, e usaban gafas y llevaban mangas largas para protegerse del sol. No había reglas de tránsito. Era común ver motos con familias de cuatro o cinco personas, cargadas con bidones de agua, cajas de cerveza, tubos que sobresalían y arrastraban por la carretera, mascotas en cestas y niños de pie apoyados en el manillar. Se utilizaban como heladerías, puestos de venta de escobas, comida, fruta y pescado seco, tiendas de música, de snacks, cigarros, mecheros, pañuelos, y todo tipo de mercancías y suministros. Era inimaginable la variedad de puestos ambulantes que se podían ver.
Tren Nocturno Sapa
Salir a pasear por Hanoi era una explosión de sentidos. Veía banderas rojas con la estrella amarilla por todos lados y fotos de Ho Chi Minh en la victoria contra las tropas francesas y americanas. Así se reflejaba el carácter de los vietnamitas. Nada fáciles para negociar en los mercados, mantenían esa identidad propia de no ceder y ser orgullosos ante el extranjero. Pronto compré en una agencia el ticket de tren para viajar a Sapa y reunirme con Carlos. Sin embargo, al día siguiente, paseando en la tarde por las calles de Hanói, me detuve a beber cerveza de barrica, cosechada en Vietnam, en un puesto local en medio de la calle. El mismo barril tenía un grifo acoplado por donde salía la bebida alcohólica. Los vasos se lavaban en un barreño de agua, pasaban de mano en mano, parecían sucios, pero eso era lo de menos. Me encantaba estar ahí, sentado en sillitas de colegio, en corro tomando cerveza. Fue tanta la alegría de pasar allí un rato que olvidé que esa misma noche el tren nocturno salía rumbo a Sapa.
Llegué a la estación corriendo, en el último instante, cuando el ferrocarril estaba a punto de partir. Ingresé al tren por el vagón restaurante y pasé otro rato bebiendo. Luego salí en busca de mi vagón. La primera sección por la que pasé conducía a un espacioso compartimento privado, decorado con buen gusto, donde una pareja de enamorados cenaba y brindaba con copas de vino. En el siguiente vagón, el número de personas subió a cuatro, también brindaban, con una botella de Whisky, y tertuliaban. En el otro, ya vi seis personas y la decoración había cambiado: las paredes tapizadas con acabados de madera habían desaparecido y las literas de seis estaban ocupadas por familias enteras, que comían arroz con pollo. Más adelante la gente estaba de pie por los pasillos y más allá tuve que saltar por encima de las personas que dormían en el suelo. Al final llegué a mi vagón, que era el último de todos. Encontré una litera libre y me eché a dormir. Cuando me di cuenta había despertado en la estación de Lao Cai en Sapa. Respiré aire limpio y fresco al salir de la estación.















Vietnam – Nochevieja en Sapa