El día de Navidad partí camino a Hue. Ahí pasé la noche y al día siguiente continué mi viaje hacia el norte rumbo a Hanói, capital de Vietnam. Los autobuses tenían literas dobles que se disponían en tres filas. A primera vista parecían muy bonitos y cómodos, pero tenían medidas reducidas, hechas para vietnamitas. Viajaba recostado, con las piernas comprimidas, mirando el techo y soportando los continuos baches. El chofer conducía temerariamente, tocando el claxon a cada vehículo que encontraba a su paso. Fue un trayecto molesto, pero, finalmente, llegamos, en la mañana, a las puertas de mi nuevo hospedaje. .
Descansé unas horas y cuando me levanté conocí a mi nuevo compañero de viaje. Para mi sorpresa su nombre era Carlos y también era español, de Barcelona. Desde el primer momento me pareció un buen tipo. Por la hondura de sus palabras pude percibir que era un hombre de mundo. Después de presentarnos, aquella mañana, en la habitación, salí a explorar Hanói. No pude evitar quedar atrapado por el movimiento de esta congestionada y alborotada ciudad. Todo era llamativo. En el centro había un enorme lago, y a su alrededor giraba la vida. Recorrí una avenida llena de casas de estilo francés y en la noche vi numerosas figuras de dragones y dibujos sobre los jardines para conmemorar el año nuevo















Vietnam- Cruce En Hanoi, Tren Nocturno Sapa.