Hoy An, es una antigua ciudad y un importante puerto del sudeste asiático. Sus calles y casas de piedra tenían una influencia extranjera, principalmente japonesa, china y francesa. La noche gozaba de un encanto especial, pues las calles lucían lámparas colgadas y farolillos de todos los colores. Las casas junto al rio se iluminaban con linternas y en sus puertas se podía ver pequeños altares de buda con ofrendas de arroz y billetes falsos. El olor a incienso recorría las calles y las casas de té invitaban a entrar y relajarse. A diferencia del estrés de Ho Chi Minh, Hoy An era una pequeña ciudad que, a pesar del turismo, mantenía un encanto especial, un cierto bienestar que podía sentir al pasear por sus calles. Me gustaba sentarme a ver pasar a las mujeres vietnamitas de tez fina y ojos rasgados, montando en bicicleta con su sombrero cónico; generalmente lucían una negra y larga melena que llegaba hasta debajo de la cintura y eran de piernas delgadas, que resaltaban al pedalear con sus vestidos de seda, cayendo sutilmente al vuelo por detrás del sillín y acentuando la gracia de sus fugaces presencias. También me gustaba visitar galerías de arte y detenerme a comer rollitos mientras observaba las enmohecidas fachadas de algunas casas.
Durante mi estadía en Hoi An llegó la Nochebuena, los pobladores naturales de la ciudad salían a seducir a los turistas con símbolos occidentales y todo tipo de adornos navideños. Los niños, hijos de comerciantes, vestían de Papá Noel para complacernos y vendían gorros, guirnaldas y barquitos de papel que llevaban una velita. Muchas personas se acercaban con sus naves de juguete al río, y era bonito verlos flotar dejándose llevar por la corriente. Se trataba de pedir un deseo y luego dejarlo ir en el agua con la ilusión de que se cumpliera. Fue un bello momento.















Vietnam. Viajando a Hanoi