Nos esperaba el poblado de Moung Ngoi. Entonces, bajamos por el río siguiendo la ruta recomendada por Frank. El trayecto tomaba unas cuatro horas, viajamos en una barca alargada con unos mini banquitos de madera para sentarse. Descendimos por el río Nam Ou, abriéndonos paso entre verticales montañas. En la parte de atrás de la barca estaba el barquero manejando el timón con una mano mientras que, con la otra, fumaba opio en una pipa. Solo el ruido del motor perturbaba el silencio. Estábamos entrando a un lugar de difícil acceso, y a la vez frágil y armonioso; el follaje se extendía ante nuestros ojos. Mirase donde mirase las montañas se imponían y la vegetación era exuberante. Era como si la selva me llamara de nuevo. A la orilla se asentaban las casas de bambú. Los lugareños cargaban sus mercancías y grupos de niños desnudos se bañaban y jugaban en el río. Saltaron emocionados al vernos y corrieron a saludarnos. Seguimos nuestro recorrido por el río.
Después de algunas horas llegamos a Moung Ngoi. Nos encontramos con un pueblo remoto, perdido entre la jungla y rodeado de montañas. Solo se podía acceder por barca. Ya en tierra, caminamos por la única calle del pueblo, escuchábamos el cacareo de las gallinas y nos topamos con algunas serpientes que sutilmente iban apareciendo. Los habitantes de Moung Ngoi apenas levantaban la voz. Solo el lao lao, un aguardiente fuerte, de unos cuarenta grados de alcohol, rompía su timidez. Nuestros bungalós tenían esplendorosas vistas al río y sus montañas. De seis a nueve de la noche llegaba la electricidad, el resto del día la aldea permanecía sin suministro eléctrico.
Babajicarlos me visitó aquella noche, prendió una vela y sacó de una servilleta un poco de opio, que abundaba por aquellos parajes. Me animé a probarlo aquella noche. Comí un cachito y me lo tragué. Cuando salí a mi terraza vi a Babajicarlos echado, pensativo, en su hamaca, más callado aún que de costumbre, más sosegado. Por mi parte yo me quedé plácido en mi cama, relajado, y con la puerta abierta. Cerré los ojos como un bebé y caí en un sueño tranquilo y profundo. En un cielo dramático, lucía, enigmática, una media luna creciente. Al día siguiente, salí de la cama y me tumbé en la hamaca a disfrutar de las vistas al río. Pensaba que la planta adormidera opium poppy tenía la culpa de aquel estado de letargo que padecía. Lo cierto es que me gustaba pasar horas tumbado, al fin y al cabo, era la vida que yo había escogido; básica, sin luz en la habitación ni agua corriente. Luego, al mediodía, solíamos almorzar en un bufé, al precio de cambio de un euro. Había comida suficiente para una larga jornada: arroz, verduras, pollo, pastas, frutas.
NONG KHIAM
Nong Khiam era el tercer y último pueblo de la ruta marcada por Frank. Seguimos río abajo durante una hora, pasamos por debajo de un gran puente y en él nos detuvimos y salimos a buscar alojamiento. Al llegar al pueblo, encontramos que todas las calles estaban levantadas por obras. Ahí pasamos varios días, viviendo con no más de cuatro o cinco euros al día. Laos era un país muy económico para viajar. La recomendación de nuestro amigo Frank había sido perfecta.




















Laos – Muang Kua