Muang Kua era un pequeño pueblo, levantado en medio de la jungla, al costado de un río. En él pasamos unos días mientras decidíamos qué ruta seguir. Durante ese tiempo pude percatarme del pausado ritmo de la vida en Laos, debido a que era un país que apenas contaba con seis millones de habitantes y una escasa influencia extranjera. Los nativos de la región, rodeados de fértiles tierras y escarpadas montañas, vivían de la agricultura. La llamada tierra del millón de elefantes conservaba su naturaleza casi intacta. Su gente vivía en una marcha lenta, los días parecían detenerse, todo se desarrollaba sin prisa. Se respiraba una atmósfera tranquila.
En Muang Kua no había cajeros automáticos para tarjetas visa, solo un pequeño Western Unión en el que podíamos cambiar dólares por moneda local. Mi compañero se quedó tirado, y con los pocos dólares que yo tenía nos arreglamos los dos. Desayunando en una casa de huéspedes, sobre las hermosas vistas del río Nam Ou, encontramos a Frank, quien conocía a Laos como la palma de su mano. Frank era francés, un trotamundos con muchos kilómetros a sus espaldas y afamada reputación de viajero. Trabajaba en una nueva guía para una compañía de viajes francesa, y nos recomendó una ruta poco explorada. Decidimos tomar aquel camino y nuestra idea de seguir hacia el norte se anuló. Frank permaneció en el pueblo y Babajicarlos y yo seguimos caminando. Pasamos por un puente colgante, en Muang Kua, que conducía a una pequeña escuela. Los niños salían a saludarnos a cada paso con un “Sabai di, Sabai di”, el saludo tradicional, la primera palabra que escuchamos en Laos. Adonde íbamos siempre escuchábamos un grato “Sabai di”.





















Laos – Luang Prabang y Van Vieng